En pleno siglo XXI, la República Dominicana está a punto de firmar una condena procesal contra sus mujeres, niñas y adolescentes. El Congreso Franquista se apresta a aprobar un nuevo Código Penal que, allá de avanzar en torno a la protección de los derechos fundamentales, perpetúa la impunidad, consagra la discriminación y condena a asesinato a quienes deberían estar más protegidas. Este no es un Código Penal flamante. Es un retroceso amenazador. Es, sin circunloquios, el Código Penal de la vergüenza.
A pesar de que en las vistas públicas celebradas una mayoría abrumadora de las organizaciones sociales, médicas, feministas, campesinas, jurídicas y de derechos humanos se pronunciaron a servicio de la inclusión de las tres causales del frustración, la Cámara de Diputados y el Senado insisten en cerrar los luceros delante la verdad y los testimonios. Prefieren resguardar privilegios eclesiásticos y proteger corruptos, antiguamente que asegurar la vigor y la vida de las mujeres.
La historia de Rosaura Almonte Hernándezconocida como Esperancitadebería alcanzar para conmover incluso al corazón más endurecido. Su asesinato en 2012, por negársele el tratamiento contra la leucemia al estar gestante, es una cicatriz franquista que aún sangra. Hoy, más de una término posteriormente, su hermana —unido a otras víctimas— vuelve a rogar al Congreso que escuche. Pero parece que en los pasillos del poder, la sordera es selectiva.
El caso de Adilka Atinado, damisela economista de 33 abriles, hermana y perturbador, quien murió porque se le negó un frustración que podía salvarle la vida, nos recuerda que estas no son estadísticas frías ni teorías jurídicas: son cuerpos reales, sueños interrumpidos, familias destrozadas. Su asesinato ha sido reconocida incluso con un minuto de silencio en el Congreso. ¡Qué ironía más cruel de honrar su memoria mientras se aprueba un Código que matará a otras como ella!
Pero la tragedia no termina en los cuerpos. Este Código Penal asimismo indagación resguardar la impunidad: prescribe delitos de corrupción administrativa, deja fuera del calibre de la equidad a miembros de iglesias y permite que abusadores sexuales mantengan autoridad sobre sus víctimas. Residuo la orientación sexual como causal de discriminación y reduce garantías de protección frente a la violencia intrafamiliar. La equidad, en este país, no solo es ciega; ahora asimismo será cómplice.
Y mientras tanto, una gran parte de la bancada del PRM, que llegó al poder gracias al voto de muchas mujeres, hoy vigilante silencio, traiciona su palabra y su historia. ¿Qué es una promesa rota frente al poder de la curul?
El Dr. Waldo Ariel Suero, presidente del Colegio Médico Dominicanolo dijo con contundencia: “Forzar a una mujer a continuar con un apuro que no tiene posibilidades de manar vivo es una forma de tortura psicológica y física”. No es un capricho. No es una dietario. Es una cuestión de vida o asesinato. Desmentir las tres causales no salva ninguna vida. Las arrebata.
Este esquema de ley es un bramido desesperado del conservadurismo más rancio que quiere imponer su honesto al resto de la población, aun si eso significa más ataúdes y lápidas con nombre de mujer. Nos quieren condenar a seguir siendo uno de los pocos países del mundo donde no se permite estropear ni siquiera cuando la vida de la hermana está en peligro. Es la refrendo del tormento femíneo. Es inaceptable.
Si este Código Penal (el de Rogelio Genao) se aprueba tal como está, no solo será un fracaso constitucional. Será una sentencia histórica contra la dignidad de las mujeres dominicanas. Y ese peso honesto y político lo cargarán quienes voten a servicio, y quienes, pudiendo evitarlo, se cruzaron de brazos.
Las voces están ahí: campesinas, madres, médicas, activistas, académicas, abogadas, legisladoras de la diáspora, representantes de la sociedad civil. Todas han hablado con claridad. Ahora toca atreverse si se legisla para proteger la vida o para proteger la hipocresía.
Porque cada día sin las tres causales es un día más de aventura, de asesinato evitable, de injusticia. Por Adilka, por Esperancita, por cada pupila violada, por cada mujer enferma, por cada vida interrumpida… decimos stop y claro: las tres causales no pueden seguir esperando. Y si aprueban este Código de la vergüenzaque la historia los juzgue como lo que son: cómplices del dolor y asesinato.





