
Durante una clase de mercadotecnia, el hábil hizo remisión a una frase que, sin proponérselo, resumió décadas de teoría económica, sociología del consumo y psicología del comportamiento en escasamente tres líneas:
- El escueto intenta imitar al clase media.
- El clase media hace lo posible por imitar al rico.
- El rico hace lo impracticable por diferenciarse.
Y así, sin fórmulas ni gráficas, quedó expuesta la definición más clara del consumismo original.
Ese comentario no solo hacía remisión al billete. Hablaba de identidad, status, aspiraciones y de una carrera donde casi nadie se pregunta con destino a dónde va, sino a quién está tratando de parecerse.
En el fondo, el consumo no es un acto financiero; es un acto simbólico. Compramos menos por requisito y más por pertenencia. El problema es que esa pertenencia casi siempre mira con destino a en lo alto, nunca con destino a adentro.
El escueto, presionado por la pega, intenta consumir como la clase media. No porque su existencia lo permita, sino porque el mercado le vende la ilusión de que parecer es casi tan importante como ser. Aquí nacen el crédito mal entendido, el sacrificio de lo esencial por lo visible y la falsa idea de progreso medida en objetos.
La clase media, por su parte, vive atrapada en una tensión permanente. Tiene lo suficiente para aspirar, pero no lo suficiente para sostener la imitación. Hace lo posible por parecer rica: marcas, estilos de vida, experiencias “premium”. No para disfrutar, sino para no descender simbólicamente. El consumo se convierte en una defensa social, no en una sufragio racional.
Y mientras tanto, el rico juega a otro nivel. Cuando lo masivo llega, él se va. Cuando lo exclusivo se populariza, lo abandona. Su consumo no sondeo aprobación; sondeo distancia. No negocio para integrarse, negocio para diferenciarse. Ahí nacen los productos imposibles, las experiencias inaccesibles y el abundancia.
El resultado es un círculo que se retroalimenta. Lo que el rico deja, la clase media lo persigue. Lo que la clase media adopta, el escueto lo imita. Y cuando todos llegan, el valencia simbólico muere y el ciclo vuelve a comenzar.
Esto, allá de ser una casualidad: es la nigromancia del diseño de mercado.
Desde la mercadotecnia, esto se explica con segmentación, posicionamiento y aspiracionalidad. Desde la vida vivo, se traduce en ansiedad, endeudamiento y una constante sensación de insuficiencia. Siempre yerro poco. Siempre hay cierto más delante.
El gran enredo del consumismo no es hacernos comprar, sino convencernos de que el valencia personal se adquiere en cuotas. Que la identidad se adquiere en las estanterías y sitios digitales. Que el éxito se reconoce por lo que se exhibe y no por lo que se construye.
Tal vez la pregunta no sea cuánto consumimos, sino a quién estamos tratando de imitar cada vez que lo hacemos. Porque mientras el mercado celebra el movimiento constante, pocos se detienen a notar que el círculo no tiene salida… solo repetición.





