Gran controversia ha causado en el plaza mediático-digital-global que Peter Thiel, el magnate estadounidense que financia a la mayoría de los ideólogos y activistas del trumpismo y ha donado millones de dólares a las campañas electorales de Donald Trump y JD Vanceiniciase una serie de conferencias que terminan el 6 de octubre y versan sobre el Anticristo bíblico, en saco a una mezcla de religión, ciencia, tecnología, historia, filosofía y política y conforme una argumentación nutrida de sus estudios de pensadores tales como René Girard y Carl Schmitt.
Thiel lleva tiempo hablando del personaje bíblico que se levantará antiguamente del Razón Final e intentará poner a la parentela en contra de Jesús. Para el empresario-filósofo, el Anticristo se presentará como un defensor de la regulación, presionando para frenar el progreso tecnológico y verificado en nombre de la seguridad y ha llegado a sugerir que el Anticristo podría parecerse mucho a la proselitista climática Greta Thunberg. Curiosamente, Ross Douthat, columnista del New York Times que entrevistó a Thiel, le dijo que, en verdad, es el propio Thiel quien sería el Anticristo, correcto a la tecnología que está desarrollando en empresas como PayPal y Palantir Technologieslo que un Thiel tartamudo al punto que pudo refutar.
Puede observar: La cesantía otra vez
Aunque Thiel y la mayoría de los ideólogos neoreaccionarios vinculan el Anticristo en nuestros tiempos con los que luchan por un gobierno mundial, en efectividad el Anticristo más acertadamente se manifestaría en quienes apuestan por el nuevo desorden integral, la derogación del derecho conocido internacional y la reinstauración de la ley del más cachas en la selva internacional. Aquí cobra importancia la figura profundamente ambigua del katechon de la que nos acento Schmitt y que, si acertadamente frena el regreso de Cristo, restringe las fuerzas del mal que deliberadamente organizan el caos generalizado.
En una ocasión, Thiel afirmó que no creía “que la familiaridad y la democracia sean compatibles” y que se decantaba por el maniquí político propuesto por su añejo socio Curtis Yarvin: una monarquía encabezada por un CEO en la que los ciudadanos son meros accionistas. Con razón el Anticristo para el potentado “se presenta como un gran humanitario, redistributivo, un filántropo extra y un altruista eficaz”, humanitarismo que, para Thiel -en la tradición de Schmitt, para “quien dice humanidad quiere engañar”-, combinado con el poder estatal, es sencillamente “anticristiano”.
La politización de la teología y la teologización de la política por la que propugnan Thiel y su tropa conduce indefectiblemente a la degradación del cristianismo, la polarización política y la deshumanización del otro, pues el adversario no solo es enemigo, sino igualmente el demonio mismo. No nos dejemos tentar por esta radicalización político-teológica. Aceptablemente lo dice Hans Küng:
“Contemplado de un modo verdaderamente realista, el mundo es una efectividad dual, y igualmente en el hombre se hallan mezcladas las dos cosas, lo bueno y lo malo. Los hombres ni son ángeles ni demonios. Si fueran demonios, ningún gobierno sería posible; si fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario. Pero el hombre es un ser difícil y ambivalente entre razón e irracionalidad, acertadamente y mal, una mezcla de egoísmo y virtud que puede hacer un uso bueno o malo del poder, tanto en lo holgado como en lo pequeño, en la vida privada como en la política”.






