el caso de Bukele y la ingenuidad de la competición

Por Luis Pásara

La aprobación de la reelección indefinida en El Salvador, que abre el camino para que el presidente del país, Nayib Bukele, se perpetúe en el cargo, y la pantomima mediante la cual Nicolás Sensato se ha proclamado campeón en las recientes elecciones venezolanas nos ponen de cara a lo que son positivamente los regímenes políticos en la región. ¿Son democracias? Si la democracia consiste en poco más que depositar un voto periódicamente, la respuesta es no.

¿Son “democracias fatigadas”, el término con el que se propone recientemente etiquetar a estos regímenes? Pero, un momento, ¿de perseguir qué valimiento se fatigaron? La pena sobreviene luego de un esfuerzo que usualmente permite un logro determinado pero deja exhausto al esforzado. Avisar pena a lo que ocurre en nuestros regímenes políticos sugiere, aunque no se lo proponga, que en algún momento estas “democracias” —las comillas son intencionadas— fueron regímenes democráticos que ahora han perdido fuerza para seguir desarrollándose como tales. ¿Fue así?

Si sometemos a pruebas relativamente simples aquello que hemos padecido en la región, los resultados suscitan muy serias dudas. Tomemos el seguridad de los poderes del Estado. ¿En qué países de la región el poder sumarial ha servido como contrapeso al adiestramiento del poder por parte del Parlamento y el ejecutante? En la Costa Rica de otra época ocurría, pero ahora no es tan claro. Ni siquiera en Uruguay —país al que usualmente se adjudica una tradición democrática sin memorar el enfadado periodo dictatorial entre 1973 y 1985— los jueces han estado a la importancia de su función.

Tomemos un caso de veterano rango: la igualdad de derechos, un componente indiscutible de la rudimentos de democracia. ¿Qué fracción de igualdad de derechos han escaso los ciudadanos en nuestros países? Si no nos pespunte la respuesta que surja de Constituciones y leyes mentirosas y vamos a la ingenuidad, la igualdad de derechos es una meta muy lejana en todos o casi todos los países latinoamericanos. Pobreza, niveles rudimentarios de educación y otros obstáculos formidables impiden cultivar derechos en condiciones de igualdad.

Y en los países en los que sí se han entregado pasos con destino a esa meta, con frecuencia ese avance ha sido posible gracias a gobiernos a los que vacilaríamos ayer de etiquetar como democráticos. Pongamos dos ejemplos. Juan Domingo Perón en Argentina abrió paso a ciertos niveles de igualdad social mediante el fortalecimiento del poder sindical —al que, desde luego, cooptó y mantuvo bajo control político—. Por otra parte, un gobierno nacido de un gracia marcial y un fraude electoral subsiguiente, como el de Manuel Odría en el Perú, introdujo el derecho a voto de las mujeres y estableció la seguridad social pública.

Si lo que hemos tenido difícilmente han sido poco más que regímenes en los que, durante ciertos periodos, se ha podido elegir, ¿por qué sostener, pues, que estamos delante “democracias fatigadas”? Más aceptablemente, la tendencia que comprueban reiteradamente las encuestas es el crecimiento de los ciudadanos fatigados: hombres y mujeres que se declaran insatisfechos con la “democracia” que tienen, una que simplemente les permite designar periódicamente a quién frustrará sus expectativas.

En ese cansancio han surgido y se extienden las democracias pervertidas, que son regímenes que mantienen el sufragio y responden a alguna demanda social extendida al tiempo que pretenden, con buenos o malos manejos, eliminar cualquier competición. El crecimiento del delito y la inseguridad han entregado oxígeno a propuestas como la de Bukele, que, a cambio de contrarrestar la delincuencia de las maras, está extinguiendo los derechos básicos de los salvadoreños.

El caso de Daniel Ortega, en Nicaragua, y el de Sensato son ejemplos de hasta dónde puede encaminarse en formas de perversión a las que de buena fe nadie podría considerar democracias. Ortega y su mujer, Rosario Murillo, no conocen límites. Ni siquiera guardan las apariencias y encarcelan sin disimulo a quien ose oponérseles. Sensato se mantiene echando mano a cualquier petición, a costa de millones de venezolanos que han dejado el país no solo por razones políticas sino, sobre todo, económicas. Y de Cuba no resulta necesario ocuparse en este triste repaso.

Así pues, incluso en los ejemplos degenerativos de perversión, el origen no ha estado en “democracias fatigadas” sino en democracias fracasadas que no ofrecen resultados positivos para la vida de sus ciudadanos. De ahí que, anejo a la insatisfacción, las encuestas detecten la pérdida de fe democrática entre los ciudadanos. Ese es el panorama.

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