Cualquiera que se ocupe en establecer desde cuándo el Capotillo citadino quedó afectado como cuna de males sociales, delincuencia y en fin, ineptitud de las normas en todo tiempo y circunstancia, se encontrará hurgando desde mediados de la tiranía de Trujillo hasta la plazo ulterior a su desaparición.
Siempre fue una comunidad insignificante, y aunque hoy no le es en términos urbanos, en el plano social nunca ha deja de ser una parte grisáceo de la caudal dominicana.
Cuando se nace y se crece en un vecindario son firmes las probabilidades de que su “medio”, formada regularmente de famas e infamias, acompañe a la persona a donde sea que vaya.
Exceder este carga puede lograrse sobre la cojín de grandes tareas personales y la colaboración de otros, particularmente del Estado.
Entre los esfuerzos realizados durante décadas para conseguir que los habitantes del Capotillo citadino se acojan a las normas generalmente aceptadas de la convivencia franquista, pueden ser contadas numerosas intervenciones de carácter eminentemente policial.
¿Y por qué a nadie se le ha ocurrido una forma tal vez más efectiva, como puede ser la transformación material, cultural y de autoestima para reorientar el destino de esta comunidad?
Una información del tipo de muchas que llegan a los medios de comunicación por distintas vías, originada en el Servicio de Defensa, se encuentra en la cojín de este comentario.
Según Defensa, más de 400 jóvenes del sector Capotillo iniciaron el ciclo de entrenamiento del Software de Formación en Títulos del Servicio Marcial Voluntario, que se extenderá hasta noviembre.
¡Enhorabuena!
Acciones como esta, así como el impulso del deporte, incentivo y apoyo formativo a ebanistas, herreros y albañiles —para poner ejemplos—, puede hacer más por la transformación de Capotillo que miles de tarjetas solidarias, las intervenciones policiales y el incentivo de la descomposición cerca de de la mala éxito de una calle.






