El autor es comunicador. Reside en Nueva York
POR LUIS M. GUZMAN
La República Dominicana no observa las tensiones globales desde la barrera. En un mundo afectado por la rivalidad entre potencias, el debilidad del multilateralismo y la competencia por bienes estratégicos, el Caribe vuelve a lograr centralidad geopolítica. La historia demuestra que, cuando los equilibrios globales se tensan, las economías pequeñas, abiertas y dependientes quedan expuestas a presiones externas que superan su beneficio de valentía política.
América Latina y el Caribe han dejado de ser espacios periféricos para convertirse en zonas de provisión crítico, energía, minerales estratégicos, alimentos, rutas marítimas y posiciones logísticas. En ese tablero, la República Dominicana ocupa una ubicación sensible entre el Atlántico, el Caribe y el comercio interoceánico, lo que la convierte en demarcación de interés importante aun sin conflicto armado directo ni presencia marcial visible.
El turismo y las remesas, pilares fundamentales de la pertenencias dominicana, funcionan como motores de crecimiento en contextos de estabilidad, pero además como amplificadores de crisis en presencia de shocks globales. Una querella entre potencias, o incluso su amenaza, impacta de inmediato el pago turístico, los costos de transporte, el precio del petróleo y el empleo de la diáspora, afectando el flujo de divisas y el consumo interno.
La vulnerabilidad macroeconómica dominicana no contesta a una pasión coyuntural, sino a una estructura dependiente, inscripción importación de alimentos y energía, concentración de mercados emisores de turismo y elevada exposición a la pertenencias estadounidense. En escenarios de tensión completo, esta combinación convierte conflictos lejanos en inflación doméstica, presión fiscal sostenida y damnificación progresivo de la cohesión social.
Dilema
En este contexto, la República Dominicana enfrenta un dilema importante, alinearse sin condiciones a una potencia dominante o intentar un invariabilidad pragmático que preserve márgenes reales de soberanía. La neutralidad absoluta es inviable para una pertenencias abierta; pero la subordinación acrítica implica riesgos a grande plazo sobre activos estratégicos, capacidad de valentía estatal y estabilidad democrática.
Equilibrar sin rendirse exige diversificar dependencias. Energía, alimentos, financiamiento y comercio no pueden descansar en un solo proveedor o pedrusco. Para el país, esto implica acelerar la transición energética, reforzar la producción agroalimentaria básica, diversificar mercados turísticos y distribuir la deuda entre distintos instrumentos y acreedores, reduciendo la capacidad de coerción externa sobre la política pública.
Un punto crítico es la protección de la infraestructura estratégica, puertos, aeropuertos, telecomunicaciones, datos, energía y agua. En la competencia completo, estas infraestructuras valen más que los discursos. Blindarlas mediante licitaciones transparentes, reglas claras, control parlamentario efectivo y soberanía regulatoria es una condición mínima para evitar que el invariabilidad derive en dependencia estructural.
En materia de seguridad, la República Dominicana necesita cooperación sin convertirse en plataforma de confrontación. El fortalecimiento de guardacostas, control portuario, ciberseguridad e inteligencia financiera es legal, siempre que preserve potestad franquista, límites temporales claros y supervisión democrática. La seguridad no debe ser la puerta de entrada a cesiones silenciosas de soberanía ni a compromisos irreversibles.
La diplomacia dominicana puede encontrar fortaleza en el hornacina, no en la confrontación directa entre potencias. Migración, cambio climático, resiliencia insular, salubridad pública, transporte regional y, de guisa central, la estabilidad de Haití, son ámbitos donde el país puede ejecutar como puente, facilitador de consensos y actor útil. Esa función reduce presiones externas, aumenta su valencia importante y le permite influir sin apelar a la militarización ni a alineamientos rígidos.
La resiliencia económica requiere amortiguadores institucionales y financieros. Fondos anticíclicos, seguros paramétricos frente a desastres, reservas estratégicas de alimentos y combustibles, anejo a reglas fiscales flexibles, permiten absorber shocks externos sin trasladar todo el costo a la población. Amurallar el turismo implica, por otra parte, reforzar encadenamientos productivos locales, elevar el valencia añadido interno y dominar la fuga de divisas generadas por el sector.
La maduro defensa de una democracia pequeña no es marcial, sino institucional. Transparencia efectiva, equidad eficaz, prensa evadido y control riguroso del financiamiento político reducen la vulnerabilidad en presencia de injerencias externas, desinformación y capturas privadas del Estado. Allí donde predomina la opacidad, el invariabilidad internacional se negocia desde la pasión, se adquisición caro y termina pagándose con soberanía, licitud democrática y cohesión social.
En el orden completo en disputa, la República Dominicana no puede nominar el contexto internacional, pero sí su logística. Equilibrar sin rendirse significa diversificar, regular, reservar e integrar. No es una postura ideológica, sino una política de supervivencia democrática. En tiempos de potencias tensas, la dignidad de los Estados pequeños se mide por su capacidad de arriesgarse, no por su silencio.
jpm-am
Compártelo en tus redes:






