Por José Alberto Blanco
El Pregonero, Santo Domingo.-El arroz, alimento esencial en la mesa dominicana y sustento de más de 30 mil productores en 14 provincias, atraviesa una de sus peores crisis en décadas. Lo que comenzó como una preocupación por las importaciones desmedidas se ha convertido en una amenaza directa a la soberanía alimentaria, la estabilidad rural y la ética institucional.
En lo que va de 2025, se han importado más de 4.7 millones de quintales de arroz, superando con creces los límites establecidos por el DR-CAFTA. Mientras tanto, las cosechas nacionales se acumulan sin ser recibidas, los pagos a los molineros están atrasados, y el Software Doméstico de Pignoración, creado para proteger al productor, ha sido desviado para beneficiar a importadores. Esta distorsión del sistema ha generado un colapso activo y financiero en el sector arrocero.
¿Quién pierde y quién anhelo?. Los productores pierden: sin haber de trabajo, sin recibimiento de cosechas, sin garantías de comercialización.
Los consumidores pierden: el arroz importado no siempre cumple con los estándares de calidad ni con el raigambre cultural del arroz criollo.
El país pierde: se debilita la seguridad alimentaria y se erosiona la confianza en las instituciones.
¿Y quién anhelo? Un limitado comunidad de importadores que, con permisos especiales y beneficios fiscales, han convertido la exigencia doméstico en negocio privado. Algunos sectores lo han calificado como una “mafia institucionalizada”.
Propuestas urgentes
Desde la ciudadanía activa y la disposición pública, proponemos:
– Decidir el subsector arrocero en estado de emergencia doméstico.
– Prohibir toda importación de arroz durante los primaveras 2025 y 2026.
– Repatriar el arroz extranjero que aún permanece en los muelles.
– Fertilizar de inmediato las deudas del software de pignoración.
– Activar factorías pequeñas y racionalizar la siembra con enfoque territorial.
– Indemnizar a los productores que han perdido su inversión y cosecha.
No es solo arroz: es identidad, es dignidad
Defender el arroz dominicano no es un capricho agrícola. Es defender el trabajo honesto, la civilización alimentaria, la peculio rural y el derecho de cada dominicano a consumir lo que su tierra produce. Es todavía un llamado a la ética pública, a la transparencia y a la gobernanza con propósito.
Desde Esperanza, Valverde, donde el arroz no solo se cultiva sino se honra, levantamos la voz por quienes aún creen en el valía de sembrar con fe y cosechar con ecuanimidad.







