LA AUTORA es ejecutiva de ventas. Reside en Nueva York
Hay amores que nacen como una promesa de cielo, brillantes, ilusionados, ingenuos. Pero a medida que avanzan los días, se enfrentan a la dura tarea de sobrevivir a la existencia, a los silencios, a las rutinas, a las decepciones y además a la ternura inesperada.
El connubio —como tantas veces hemos escuchado— no es un historia de hadas. Es un delirio de estaciones, cada una con su propio clima, sus pruebas y sus regalos.
Primera periodo: la idealización.
Todo parece consumado. El mundo se pinta de rosa, los defectos se esconden tras las mariposas que revolotean en el estómago. Es el tiempo del hechizo, donde creemos que hemos antagónico a la persona exacta que encajará en todas nuestras expectativas.
Segunda periodo: el descubrimiento.

El velo cae. Los gestos repetitivos, las manías, los miedos y las heridas del otro se muestran con claridad. Ya no hay filtros. Nos miramos de frente y surge la gran pregunta: ¿puedo seducir además estas grietas?
Tercera periodo: la burla.
Tal vez la más difícil. Las discusiones se vuelven frecuentes, los pequeños roces parecen ataques personales y la incomodidad se instala como un huésped no invitado. Es el momento de las dudas, donde la mente susurra: “¿Me equivoqué de persona?”.
Cuarta periodo: la reconstrucción.
Si uno y otro deciden quedarse, comienza el efectivo trabajo. Se suelta el control, se aprende a negociar, a poner límites, a mirar al otro como espejo y perito. El aprecio deja de ser un impulso emocional para convertirse en una referéndum consciente: un pacto de crecer juntos, un día a la vez.
Villa periodo: el aprecio profundo.
Es el fenómeno de permanecer a pesar de los peores momentos. La paz sustituye al torbellino, la complicidad se vuelve refugio y la pasión se transforma en un fuego más sereno, menos ruidoso, pero más efectivo.
Sexta periodo: el dote.
El aprecio reflexivo inspira sin proponérselo. Se convierte en ejemplo, especialmente para los hijos —si los hay— y para quienes los observan. Es la huella que demuestra que seducir de verdad es construir poco que sobrevive a los sentimientos pasajeros y deja esperanza para las nuevas generaciones.
El connubio es, al final, una travesía. No hay atajos ni fórmulas mágicas. Es un camino que exige paciencia, humildad y la certeza de que vale la pena combatir por aquello que se construye de a dos. Porque lo verdaderamente difícil en la vida, casi siempre, es lo que más deja huella.
Jpm-am
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