La autora es periodista. Reside en Baní
Por Luisana Lora Perelló
El 2025 no fue un año de grandes anuncios nuevos. Fue, más correctamente, el año de las confirmaciones. Confirmaciones de que el discurso oficial suele avanzar más rápido que la sinceridad, de que las cifras se presentan con entusiasmo mientras la ejecución camina con cautela, y de que los silencios del poder siguen diciendo tanto como sus declaraciones.
A lo liberal del año, la novelística pública insistió en avances, inversiones y reformas. Sin confiscación, en lo periódico en los barrios, en las comunidades, en los municipios fuera del foco central la sensación fue otra: la aplazamiento.
Dilación por servicios básicos eficientes, por respuestas institucionales oportunas y por una equidad que no se dilate en tecnicismos cuando la emergencia es humana.
El 2025 obligó a afinar la vistazo. A analizar presupuestos más allá del titular, a escuchar discursos completos para entender lo que quedaba fuera, y a observar cómo algunos problemas estructurales seguían postergándose, no por desliz de dictamen, sino por desliz de valor. En muchos casos, el problema no fue la abandono de medios, sino la distancia entre lo ratificado y lo ejecutado.
Desde el control periodístico, este año confirmó una verdad incómoda: informar ya no pespunte si no se contextualiza. El periodismo tuvo que admitir un rol más interpretativo, menos complaciente con la nota declarativa y más comprometido con explicar lo que significan las decisiones públicas en la vida existente de la muchedumbre.
Incluso fue evidente una ciudadanía más escéptica. No por apatía, sino por acumulación. La confianza no se perdió de trastazo; se fue erosionando con promesas reiteradas, plazos incumplidos y responsabilidades que se diluyen entre instituciones. El 2025 no creó esa desconfianza, pero sí la hizo más visible.
En lo locorregional, quedó claro que los territorios siguen siendo el termómetro más honesto del país. Allí donde los problemas persisten sin maquillaje, el contraste entre el relato oficial y la experiencia cotidiana se vuelve irrealizable de ignorar. Y es precisamente desde esos espacios donde el periodismo encuentra su veterano responsabilidad.
El año cierra sin grandes sobresaltos, pero siquiera con grandes certezas. Cierra dejando una asignatura clara: no todo lo que se anuncia se transforma, y no todo lo que se calla es irrelevante. Cultivarse a analizar entre líneas se volvió una exigencia cívica.
El 2025 no será recordado como un año épico, sino como uno revelador. Revelador de límites, de patrones repetidos y de la emergencia de un periodismo que observe con atención, pregunte con insistencia y escriba con claridad. Porque cuando el ruido víctima, lo que queda siempre es la sinceridad.
jpm-am
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