
Por Malvin J. Agramonte Torres.
Cada 9 de marzo, cuando el país conmemora el arranque de Francisco del Rosario Sánchez, vale la pena reflexionar sobre el hecho de que la República Dominicana no nació solo de ideas brillantes, sino que fue creada por hombres reales con sus miedos y convicciones, con una determinación que no pudo ser aplastada por el futuro.
Sánchez no fue un héroe remoto, ni una historia inventada. De hecho, fue un dominicano de carne y hueso, hijo de un comerciante gachupin y una mujer criolla, que se crió en el bullicio de Santo Domingo y en los pensamientos revolucionarios que flotaban en los salones de La Trinitaria. Fue allí donde su carácter se forjó.
Juan Pablo Duarte hizo esto: había un esquema de independencia, y Sánchez no era un solo amigo, era el hombre que podía aceptar el liderazgo cuando llegara el momento.
El historiador Roberto Cassá sostiene que la honestidad de Sánchez es una especie de armamento política en una era de traición.
Para muchos que se desviaron de su flanco por conveniencia, Sánchez se mantuvo firme en su defensa de la causa de la independencia, y lo hizo más desde un lado de instintos patrióticos que por cualquier cálculo personal de cualquier tipo. Su devoción alrededor de la nación no respondía a ambiciones de gran poder, sino a una concepto profundamente arraigada de desenvolvimiento.
Por supuesto, ese carácter fue evidentemente obvio el 27 de febrero de 1844. Con la salida de Duarte del país, Sánchez fue quien leyó el certificación de independencia desde la Puerta del Conde. No era un común con honores ni un comandante marcial unificado, sino un hombre consciente del peso histórico del momento.
Habría podido averiguar la presidencia, pero eligió no hacerlo. Para él, el anuncio de la independencia no se trataba tanto de tomar el poder como de venir al mundo como nación.
Su talante ha sido descrita en opinión de algunos historiadores como ingenua. Pero debajo de la ingenuidad hay una valentía poco popular. Sánchez reconoció que la independencia no era una simple afirmación política: era sacrificio, represión y peligro personal. Aun así, decidió asumirlos.
Y la vida posterior de Sánchez afirma esta consistencia. Perseguido por Pedro Santana, desterrado al expulsión en varias partes del Caribe, encarcelado y despojado de sus intereses, nunca abandonó la lucha por averiguar la independencia.
Su dedicación alcanzó un punto crítico cuando España anexó nuevamente la nación en 1861. Desde Curazao envió una expedición para retomar esa audacia. En cuanto a él, regresó preparado para pelear.
Capturado en San Juan de la Maguana, fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento el 4 de julio de 1861. Mientras moría, dijo poco que quedó en la memoria histórica dominicana: al izar la bandera dominicana se requería la raza de los Sánchez, y al bajarla incluso.
En esas palabras, reafirmó una creencia que había informado su vida: que la desenvolvimiento de la nación tenía más valía que las vidas individuales.
Más que la enaltecimiento de monumentos, la vida de Sánchez exige cohesión cívica, sinceridad pública y una dedicación existente al país por el cual fue uno de los constructores de los cimientos.
No fue necesario que Sánchez fuera insigne por una corona o un cargo para dejar su huella en nuestra historia. Sobre todo, su representante es una afirmación de convicción y dignidad. Y mientras la República Dominicana sobreviva, su llamado a la desenvolvimiento seguirá siendo uno de los fundamentos morales del país.
Lista
Cassá, R. (1999). Francisco del Rosario Sánchez: Fundador de la República. Editora Franquista.
Lluberes, F. A. (1984). Historia de la República Dominicana. Sociedad Dominicana de Bibliófilos.
Rodríguez Demorizi, E. (Comp.). (1960). Biografías Dominicanas Tobogán: Francisco del Rosario Sánchez. Editora Dominicana.







