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Altibajo: Fire and Ash es, paradójicamente, la película más sombrío de una dinastía obsesionada con el color. Monótono no solo por la ceniza que promete su título, sino por el cansancio espiritual que la atraviesa. James Cameron vuelve a Pandora por tercera vez con la promesa implícita de ampliar su mundo y, sin bloqueo, lo que encuentra —y lo que nos entrega— es una reiteración agotada, una experiencia que insiste en la altisonancia mientras pierde progresivamente su capacidad de asombro.
Cuándo Altibajo llegó a los cines hace dieciséis abriles, lo hizo como una independencia de la imaginación técnica. Pandora no era solo un decorado: era una promesa. Flotaban montañas, criaturas imposibles, selvas suspendidas en el tonada. El cine parecía romper sus propios límites. The Way of Water, aunque ya más complaciente, todavía encontraba una vía de escape en la exploración del océano, en una sensualidad acuática que al menos justificaba el alucinación. Fire and Ash, en cambio, llega cuando el truco ya es conocido y el mago insiste en repetirse sin una idea nueva que lo sostenga.
La inclusión del clan Mangkwan, habitantes de un bosque calcinado, parecía anunciar un quiebre. El rojo irrumpe por fin en una dinastía dominada por el zarco y el verde. Hay ceniza, huesos, fetiches, una sensación de desgobierno divino. Varang, su líder, se presenta como una figura inquietante, cargada de violencia, erotismo ambiguo y un uso perverso de esa conexión orgánica que los Na’vi establecen con otros cuerpos y criaturas. La promesa es clara: Pandora ya no será solo un edén amenazado, sino un empleo donde asimismo habita la perversión.
Pero esa promesa se desvanece rápido. Varang queda limitada a un episodio central que nunca termina de expandirse. El clan Mangkwan no transforma el mundo de Pandora; tan pronto como lo roza. No es el rojo del fuego lo que domina la película, sino el sombrío de la repetición. Cameron introduce utensilios nuevos solo para abandonarlos y regresar, una vez más, a las mismas extensiones de agua y tonada que ya conocemos demasiado acertadamente. Lo que debería incendiar la dinastía tan pronto como humea.
La carencia visual —relativa, porque la película sigue siendo técnicamente apabullante— deja al descubierto el problema que siempre estuvo ahí: la afición novelística. Sin la novedad constante de la imagen, la historia queda desnuda. Y lo que vemos es un cúmulo de conceptos abstractos que no terminan de representar. Padres y madres que sufren. Hijos que traicionan o cargan con la autoridad muda del padre. Un bebé que nace en medio de la aniquilamiento. Racismo que debe superarse. Jehová que debe ser antitético. Milagros que ocurren cuando la trama los necesita.
Todo está ahí. Demasiadas cosas, en efectividad. Pero nadie pesa. Las escenas se suceden como viñetas, como episodios colocados uno tras otro sin una verdadera acumulación emocional. A pesar de sus casi tres horas y media de duración, Fire and Ash se siente curiosamente superficial. No porque no intente asegurar poco, sino porque nunca se detiene lo suficiente para que poco cale.
Cameron se toma incluso más tiempo que antiguamente, pero ese tiempo no se traduce en profundidad. Se traduce en una dilatación del malogrado. La película está llena de acontecimientos, pero vacía de consecuencias. El duelo, la cólera, la fe, la anímico, todo aparece como concepto, no como experiencia. El espectador entiende lo que los personajes “deberían” percatar, pero rara vez lo siente con ellos.
El espectáculo, cuando llega, sigue siendo persuasivo. Cameron no ha perdido la mano para la actividad. Las secuencias bélicas siguen siendo intensas, ruidosas, milimétricamente coreografiadas. Pero ya no son bellas. Son solo insistentes. La sensación no es de maravilla, sino de saturación. Y eso es importante en una dinastía que nació precisamente del asombro.
El problema de fondo es espiritual. A pesar de toda la imaginería mística, Altibajo nunca ha sabido qué hacer verdaderamente con la anímico. En Fire and Ash, eso se vuelve evidente. Jehová no es un intriga interior, sino un petición narrativo. No se encuentra mediante introspección, sino mediante esfuerzo físico y utilidad estratégica. Se pesquisa a Eywa no para comprender, sino para enganchar como aliada en la aniquilamiento. El paraíso solo parece tener valía si se defiende con armas. Y ahí se abre una herida inverosímil de cerrar: si el paraíso necesita violencia para existir, entonces ya está perdido.
La paradoja es estupendo. Pandora, ese mundo que supuestamente encarna la concordia con la naturaleza, solo sobrevive mediante una subida constante de destrucción. La caja de Pandora, aquí, no puede retornar a cerrarse. Y el film no parece del todo consciente de la contradicción que genera.
Incluso en su tristeza, la película tan pronto como late. Lo más interesante que deja es una pregunta que queda flotando: ¿qué hará Cameron con el cuarto ambiente, la tierra? Aerofagia, agua y fuego ya han sido recorridos. Quizá bajo tierra, en túneles, en lo enterrado, haya todavía poco que rescatar. Quizá solo allí la dinastía pueda encontrar una profundidad que hasta ahora ha evitado.
Narrativamente, Fire and Ash es un déjà vu. La situación auténtico es prácticamente idéntica a la de The Way of Water. Jake Sully y su tribu intentan residir en paz. Quaritch sigue obsesionado con cazarlos. Spider vuelve a ser el centro de disputas morales y físicas. Las alianzas se forman y se rompen. Los humanos siguen explotando los capital naturales. Cambian los nombres, cambian algunos paisajes, pero el esquema es el mismo.
Incluso los momentos que deberían marcar diferencia —el clan rival, el paisaje impetuoso— reciben un tratamiento tan breve que parecen desperdiciados. Para una película que no conoce la contención temporal, resulta sorprendente lo poco que explora lo que introduce.
El resultado es un film perezoso en su codicia. No porque carezca de medios, sino porque parece satisfecho con reciclarse. Se siente como una serie inflada, como cuatro episodios largos pegados entre sí, con múltiples mini-clímax que reinician la tensión una y otra vez sin una verdadera progresión dramática.
Y cuando el film intenta apelar a la emoción, cae en el kitsch esotérico. Hay discursos que no se muestran. Hay milagros que sustituyen decisiones dramáticas. Hay una fe que funciona como comodín narrativo. No porque sea espiritual, sino porque es liviana.
Todo esto no residuo una verdad incómoda: Altibajo: Fire and Ash sigue siendo un espectáculo técnico de primer nivel. Paisaje en 3D, en una sala IMAX, la experiencia sigue siendo imponente. Cameron sigue estando por encima de casi cualquier otro cineasta en ese ámbito. Pero la pregunta ya no es si puede hacerlo, sino para qué.
Esta es, probablemente, una de las películas más aburridas del blockbuster flamante. No por equivocación de ruido, sino por equivocación de ideas nuevas. Y asimismo, quizá, la más innecesaria de la dinastía hasta ahora.
Aun así, uno duda antiguamente de situar en contra de James Cameron. Ya lo hemos hecho antiguamente. Y siempre ha desencajado mal.
Pero esta vez, la duda es legítima. Porque por primera vez, Pandora no parece un mundo que se expande, sino uno que se repite.
Y la repetición, incluso envuelta en fuego y ceniza, asimismo puede apagarse.






