EL AUTOR es presidente del Frente Cívico y Social. Reside en Santo Domingo.
Santiago nos golpeó con dos tragedias que el país no puede tipificar. Noelvin Doliente Cabrera, de 14 primaveras, murió tras un conflicto vinculado al entorno escolar luego de salir del Politécnico Simón Antonio Luciano Castillo; otro adolescente observancia prisión preventiva mientras se conoce el proceso.
Días luego, Stephora Anne‑Mircie Joseph, de 11 primaveras, falleció por ahogamiento durante una excursión escolar del Colegio Leonardo Da Vinci. Según informó el Ocupación Conocido, el caso se investiga como homicidio involuntario y se detuvo a cuatro personas, alegando presuntas fallas graves de supervisión y seguridad.
Estos episodios no son accidentes desconectados. Son síntomas de un detrimento profundo: en demasiados entornos escolares se ha débil la fuerza formativa, la autoridad casto y la coherencia institucional. Durante casi treinta primaveras, la formación casto y cívica ha sido relegada y, al mismo tiempo, la disciplina ha sido malinterpretada como autoritarismo, dejando un infructifero que hoy se expresa en conductas violentas, negligencia, irrespeto y una civilización escolar sin límites claros.
El Gobierno reaccionó anunciando una mesa interinstitucional “permanente” entre el Ocupación de Educación y la Procuraduría, enfocada en prevención, monitoreo y protocolos de autos. Es un paso necesario. Pero debemos ser honestos: la República Dominicana está cansada de anuncios que no pasan de la rueda de prensa. La ciudadanía exige resultados medibles, responsables identificables y continuidad auténtico. Lo que no se supervisa se pierde; lo que no se mide se diluye.
El problema de fondo excede cualquier mesa técnica. La Constitución es clara: el artículo 63, numeral 13, ordena como obligatoria en todas las escuelas —públicas y privadas— la formación social, cívica y ética, la enseñanza de la Constitución, los derechos fundamentales y la convivencia pacífica. La Ley 66‑97 insiste en principios como el respeto a la vida, la democracia, la solidaridad, la verdad y los títulos que sostienen la dignidad humana. Sin secuestro, entre la teoría judicial y la praxis cotidiana hay un despeñadero que seguimos pagando con vidas jóvenes.
Hay, sin secuestro, una señal alentadora: la Norma 02‑2025 del Ocupación de Educación, que establece la implantación formal de la asignatura Educación Decente, Cívica y Ética Ciudadana en todos los niveles a partir del año escolar 2025‑2026. Es un avance importante, pero no será suficiente si no se acompaña de tres medios indispensables: formación docente rigurosa, coherencia institucional y supervisión auténtico. Una asignatura sin civilización institucional es como sembrar sin preparar la tierra.
En el Frente Cívico y Social entendemos que retornar a educar el carácter implica recuperar la disciplina como virtud cívica, no como castigo. Disciplina significa dar estructura, sostener límites razonables y construir hábitos que fortalezcan la voluntad. Significa ser coherente —los adultos primero—, persistente —todos los días— y consistente —consecuencias claras, justas y previsibles—. La disciplina correctamente aplicada protege al discípulo, dignifica la convivencia y devuelve a la escuela su papel como taller de ciudadanía.
Esta visión ha sido afirmada desde perspectivas distintas pero convergentes. Elena G. de White advirtió que la verdadera educación desarrolla la aptitud de pensar y hacer, evitando que los jóvenes sean “simples reflectores del pensamiento de otros”. Y Camila Henríquez Ureña alertó contra dominar la educación a instrucción técnica, recordándonos que formar el ser es más esencial que enseñar destrezas.
Hoy, en plena era de la inteligencia industrial, esta verdad es más urgente: la información se obtiene en segundos; el carácter se forma con esfuerzo habitual y con entornos que sostengan lo correcto cuando haya presión.
En medio de tanta preocupación, pude ver una señal de esperanza. Recientemente compartí con el personal docente y chupatintas del Colegio Adventista Salvador Álvarez de Jababa, Moca: la escuela donde estudié de pibe, fundada en 1925 y portadora de cien primaveras de dote educativo y cristiano. Allí, en una actividad anual organizada por la comunidad Álvarez‑Piantini‑Schliemann, reafirmamos un compromiso: trabajar juntos para que este colegio rural se convierta en un referente doméstico de educación integral y disciplina con propósito. En tiempos de crisis, los ejemplos valen más que los discursos.
Si queremos honrar a Noelvin y a Stephora, debemos trocar el duelo en batalla verificable. Necesitamos un protocolo doméstico obligatorio para excursiones escolares y actividades de aventura, con auditoría anual y sanciones claras cuando se incumpla. Necesitamos indicadores públicos de convivencia —con estricta protección de identidad— y, más importante aún, que se publiquen de forma trimestral por distrito educativo: incidentes reportados, tiempos de respuesta, medidas aplicadas y avances en prevención. Y necesitamos la ejecución seria, no decorativa, de la formación casto y cívica, con cortejo docente, supervisión independiente y continuidad sostenida.
Porque una sociedad que educa el carácter reduce la violencia. Y una que renuncia a esa tarea termina llorando a sus hijos.
Despierta, RD!
jpm-am
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