Por Abril Peña
Cuando la civilización popular era considerada “cosa de campesinos”, una mujer se atrevió a aseverar que ahí todavía habitaba la estado. Su nombre era Edna Apuesto Ramírez, y fue la primera folclorista dominicana con método, pasión y compromiso.
Nació el 19 de junio de 1913, pero su encomienda sigue latiendo cada vez que suena un palos, se perca un gagá o se recita un verso popular. Fue maestra, investigadora, pionera. En plena dictadura de Trujillo —donde todo lo cultural se maquillaba desde el poder—, Edna salió al campo, grabadora en mano, cuaderno en brazos y respeto en la vistazo.
Registró canciones, costumbres, cuentos y rezos que nadie más se había preocupado por preservar. Dio voz —textualmente— a comunidades que el país firme ignoraba. Su trabajo fue el punto de partida para todo el estudio folclórico posterior en la República Dominicana.
Hoy, que tanto se acento de “identidad” desde la teoría, vale la pena memorar a una mujer que la vivió desde la raíz.
Edna Apuesto no fue solo folclorista. Fue testimonio y defensora de un país que canta y cuenta sin micrófonos.
Este 30 de junio, Día del Adiestrado, la recordamos no solo como educadora, sino como guardianesa de la memoria hablado dominicana. Porque enseñar todavía es rescatar lo que somos… antiguamente de que lo olvidemos.







