Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
En días pasados experimentamos la ferocidad de la naturaleza al tener lugar más de cinco días bajo una profusión incesante, una furia que nos recuerda que, aunque la humanidad haya explorado la vidriera, no puede dominar la naturaleza ni su voluntad. Durante ese chiquero de días interminables, su ímpetu castigó, purificó y, al mismo tiempo, sacó a flote las realidades que normalmente se ocultan bajo la cotidianidad.
Mientras gran parte del país se encontraba en alerta roja y las autoridades hacían un llamado a la prudencia y al resguardo, un por separado del pueblo dominicano —denomina da por algunos como chopos, delincuentes o la tierra, y que tristemente hoy constituye la mayoría— estaba en los famosos teteos, bebiendo y fumando hookah sin restricciones, mientras la prudencia y el respeto a la autoridad incluso estaban en alerta roja.
Lo que más duele es que esa mayoría, a colchoneta de 200 pesos y un picapollo, es la que hoy quita y pone gobiernos. Mientras muchos prefieren quedarse en la comodidad de su hogar o marcharse al interior y dejar que otros decidan por ellos, son esos mismos quienes, por un módico precio, se movilizan y arrastran consigo a todo su entorno.
Nuestro país, nuestra sociedad, los dominicanos, hemos venido experimentando un cambio sistemático y profundo que, por las consecuencias que implica, hemos optado por organizar o simplemente ignorar.
Pero llegará el momento en que, más que normalizarlo, tendremos que aceptarlo e incluso idealizarlo como poco válido. Como dijo el expresidente Joaquín Balaguer:
“Llorarán como mujeres lo que no supieron defender como hombres.”
Ese cambio del que hablo es la pérdida de títulos, la supresión de la ética y la íntegro, la desliz de respeto cerca de los mayores y cerca de los demás. Nuestro país atraviesa un descalabro total de la identidad dominicana, esa con la que crecimos y de la que solo nos queda el rememoración y la añoranza de los tiempos en que todo parecía tener más sentido. Decimos “en mis tiempos”, sin darnos cuenta de que esos tiempos ya no existen.
La sociedad dominicana, especialmente la nubilidad —en cuyas manos está el futuro de la nación—, está envuelta en una hélice de antivalores, mosca dócil y corrupción, sumergida en los vicios del tener sin hacer y del poseer sin merecer. Y lamentablemente, sin que el proceso haya terminado, ya conocemos el resultado.
No podemos responsabilizar solamente a las autoridades, a la iglesia o a un sistema educativo precario, aunque cada uno tiene su parte en esta descomposición social. Debemos mirarnos a nosotros mismos, analizarnos como personas, como entes sociales, porque todo —para adecuadamente o para mal— nace en el seno de la tribu.
*Por Rafael DíazEste artículo fue publicado originalmente en El Día
La publicación ¡Duarte, perdón! apareció primero en El Día.






