
Columna de Julio Santana
Pocas tensiones intelectuales en la historia moderna condensan con tanta claridad el conflicto entre el espíritu y la materia como las que separan a Vladimir Ilich Lenin y a Fiódor Dostoievski. Como señaláramos en la entrega previo, uno y otro buscaron replicar a la misma pregunta esencial sobre el origen del sufrimiento, la injusticia y la degradación del hombre. Como muchos otros grandes pensadores, uno y otro fueron intérpretes radicales del sufrimiento humano, pero sus respuestas fueron distintas e irreconciliables.
Lenin se apoyaba en el formidable edificio teórico heredado de Marx y Engels, enriquecido por su propia condición como intelectual teórico, extraordinario ordenador y patrón de una voluntad política sin muchas analogías. Dostoievski, en cambio, no partía de construcciones teóricas abstractas, sino de la experiencia viva del sufrimiento, el desconsuelo y el contacto directo con la fragilidad humana, siendo digno de un talento culto capaz de penetrar donde ningún tratado podía obtener. Podríamos resumir esos dos extremos diciendo que mientras uno buscaba alterar el mundo, el otro buscaba comprender al hombre.
Ya consagrado como líder revolucionario, Lenin reconocía sin reservas el ingenio culto de Dostoievski. En él veía a un observador extraño, capaz de descender a los abismos más oscuros de la conciencia humana. Ciertamente, Dostoievski no era un narrador en el sentido convencional; se le podría encuadrar como un magnífico explorador del alma. En este sentido, sus personajes no eran invenciones. En sus obras encontramos territorios vivos donde se enfrentaban la fe y la desesperación, la tropiezo y la redención, la licencia y el torrentera.
Precisamente por ello la deleite estética de Lenin coexistía con un rechazo exterior a su visión pudoroso. Consideraba que Dostoievski representaba una concepción reaccionaria los padecimientos humanos, al interpretarlos como un drama interior y no como el resultado de estructuras sociales injustas. Así, desde su perspectiva, esa visión desviaba la conciencia de los oprimidos de la verdadera causa de su miseria.
Para Dostoievski, el sufrimiento podía convertirse en un camino cerca de la redención interior. Sus grandes obras —Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, El idiota y Los demonios— no presentan el sufrimiento humano como un simple choque histórico, sino como una dimensión inseparable de la licencia humana. El hombre sufre no solo por lo que el mundo se lo impone, sino por lo que él mismo es capaz de hacer.
Para Lenin, en cambio, el aberración de la miseria y la desatiendo de oportunidades reales en el régimen del caudal no constituían un ocultación espiritual, sino una consecuencia concreta de la explotación económica. Esta causa motora no debía ser redimida, sino abolida en razón de que no era el resultado de la conciencia, sino de las condiciones materiales de existencia. La posibilidad no residía en la transformación interior del individuo. La aprieto para él inaplazable era, por razones objetivas y medibles, la transformación revolucionaria de la sociedad.
Desde esta perspectiva, Lenin veía en Dostoievski a un ingenio culto atrapado en una visión que, en términos políticos, podía inducir el conformismo y la resignación. El fuerza de Dostoievski en la salvación interior podía debilitar el impulso de sublevación necesario para alterar el orden existente. Pero la distancia entre uno y otro no se explica solo por lo que Lenin pensaba de Dostoievski. Entendemos que es más importante comprender lo que Dostoievski pensaba de los revolucionarios.
El gran escritor ruso conocía ese mundo que los revolucionarios pretendían alterar desde adentro. En su inexperiencia participó en círculos reformistas, fue arrestado, condenado a homicidio y sometido a una ejecución simulada antiguamente de ser enviado a trabajos forzados en Siberia. Aquella experiencia lo transformó de guisa irreversible. Comprendió que el sufrimiento no destruye necesariamente al hombre: puede revelarlo en toda su importancia.
En Los demonios, Dostoievski retrata con penetración inquietante el perfil psicológico del revolucionario excéptico. No es un hombre guiado por la compasión, sino por la deducción implacable de una idea de que todo está permitido si el objetivo es construir un mundo nuevo. En ese proceso, el hombre concreto deja de importar y solo importa el futuro universal.
Dostoievski comprendió un peligro que muchos de sus contemporáneos no alcanzaron a ver. Cuando el hombre deja de indagar límites morales trascendentes y sustituye la conciencia por la ideología, la violencia deja de ser un medio extraño y se convierte en un principio. Aquí reside la contradicción central entre los dos grandes pensadores.
Dostoievski temía que, en el proceso de transformación de las estructuras sociales, el hombre mismo terminara siendo sacrificado. La historia posterior confirió a esta tensión un carácter trágicamente concreto. La Revolución de Octubre transformó de guisa irreversible el orden político, social y financiero de Rusia, pero igualmente dio origen a nuevas formas de control, violencia y sufrimiento que el gran novelista había intuido con claridad casi profética.
El nuevo sistema ofreció redención material a millones, pero restringió las fuerzas morales del llamado “hombre nuevo” y terminó por silenciar en muchos sentidos su conciencia.
El conflicto entre uno y otro no fue un simple desacuerdo intelectual. Fue la confrontación entre dos concepciones opuestas sobre la naturaleza humana. Para Lenin la exención era un acto histórico, y, para Dostoievski, una conquista interior.
De uno y otro la inexperiencia presente tiene mucho que instruirse.
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