Dostoievski: el carácter que la revolución no podía aceptar (1)

Columna de Julio Santana

En presencia de la proliferación casi cotidiana de escándalos de corrupción y de signos evidentes de degradación pudoroso en la sociedad dominicana —aberración que, acullá de constituir una anomalía particular, parece tirarse como una enfermedad silenciosa a buena parte del mundo contemporáneo— he enemigo refugio en la ojeada de algunos clásicos de rango verdaderamente universal.

En particular, he vuelto mis luceros cerca de el grande embajador de la letras rusa, esa vasta cimentación espiritual edificada a lo prolongado de tres siglos por hombres que no escribieron para entretener, sino para comprender, y que no buscaron satisfacer a su tiempo, sino descifrar el destino pudoroso del ser humano.

Al iniciar, ya en el ocaso de mi propia vida, la relectura de Los hermanos Karamázov, esa obra que no es solo una novelística, sino una interrogación permanente sobre el sentido postrero de la existencia, surgió en mí una inquietud que no tardó en apropiarse la forma de una pregunta inapelable, casi necesaria, y que hoy deseo compartir con mis amables lectores.

Me pregunté entonces cuáles serían las similitudes, pero sobre todo las contradicciones, entre la concepción práctico de la emancipación y perfección del hombre defendida por Vladimir Ilich Lenin —quien creyó firmemente, como yo mismo en otro tiempo, en la posibilidad de rescatar al ser humano mediante la transformación radical de las estructuras económicas y sociales— y la concepción absolutamente espiritual de Dostoievski, para quien la verdadera atrevimiento no es una conquista exógeno ni una concesión de la historia, sino una revelación interior, inseparable del despertar pudoroso y de la responsabilidad individual frente al perfectamente y al mal.

Me reconforta el hecho de que, al emprender este control, y al sentirme razonablemente familiarizado con las obras principales de los dos autores, tenía la certeza íntima de que no me encontraba delante una especulación fría ni delante un pasatiempo intelectual sin consecuencias.

Por el contrario, lo que comenzaba a tomar forma delante mí poseía la alcance propia de las cuestiones que interpelan directamente la vida, porque cuando uno ha letrado con verdadera atención a hombres como Lenin y Dostoievski, así como a otros grandes pensadores, comprende que sus ideas no pertenecen exclusivamente al ámbito de la teoría, sino al demarcación más cascarrabias de las decisiones humanas y de sus consecuencias históricas y morales.

El asunto, que reconozco como un duelo de gran envergadura, encierra una de las tensiones más profundas que atraviesan la conciencia moderna. En esa tensión no se enfrentan exclusivamente dos hombres separados por el tiempo y las circunstancias —Lenin tenía escasamente diez primaveras cuando Dostoievski abandonó definitivamente este mundo—, sino dos concepciones radicalmente distintas sobre el origen del mal, sobre los caminos posibles de la redención humana y sobre el división postrero donde reside la atrevimiento, entendida como esa cátedra esencial que permite al hombre trabajar de una forma o de otra, e incluso despreocuparse de trabajar, asumiendo por ello la plena responsabilidad de sus actos.

No se negociación, luego, de una simple diferencia de opiniones, sino de una discrepancia que nace en las raíces mismas de la comprensión del hombre.

Mientras Lenin creyó ver en las estructuras materiales de la sociedad la fuente principal de la opresión y, por consiguiente, el campo genuino de la emancipación, Dostoievski dirigió su ojeada cerca de un demarcación más incierto y perturbador, el interior mismo del ser humano, donde habitan simultáneamente la capacidad de enamorar y la inclinación a destruir y envilecer.

Para el primero, la historia era el herramienta genuino de la emancipación, el espacio donde la voluntad organizada de los hombres podía corregir las injusticias acumuladas y rasgar paso a una nueva condición humana fundada en la honradez material y el crecimiento cultural. Para el segundo, en cambio, la historia era escasamente el escena visible de un drama más profundo y cardinal, uno que no se resolvía en las estructuras ni en los sistemas, sino en el interior mismo del hombre, allí donde la conciencia libra, en soledad, su lucha silenciosa contra sus propias sombras o demonios.

En esa diferencia no solo se separan dos inteligencias extraordinarias, sino dos maneras opuestas de comprender el sentido postrero de la existencia humana.

De un flanco, la convicción de que el hombre puede ser descocado mediante la transformación de las condiciones materiales de su vida. Del otro, la certeza de que ninguna transformación exógeno será nones suficiente si el hombre no conquista primero su propia atrevimiento interior, ese dominio de sí mismo que Baltasar Gracián entendía como la forma más adhesión y esquiva de soberanía. Entre los dos polos se despliega, silenciosa pero inexorablemente, una de las grandes tragedias espirituales de la modernidad, cuyas consecuencias aún gravitan sobre nuestro tiempo.

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Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector público dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el investigación de asuntos nacionales e internacionales.


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