Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
A voluntad y relación
No se sabe con absoluta certeza en cuál de los días de la creación nació el Mal, mientras Todopoderoso, con el poder todopoderoso de su convicción, creía que todo lo que hacía, estaba Admisiblemente. Absolutamente valentísimo.
Y, desde el sexto día, cuando creó el hombre, los animales y la mujer, o durante el séptimo, que según el ejemplar viejo, tomó para descansar —y que con razón se lo merecía, luego de aquella inconmensurable ocupación—, el Mal, silenciosamente, empezó a tomar cuerpo y, arropó el monumental Admisiblemente que Todopoderoso hizo en los seis días de trabajo que tuvo, sin advertir o tener la precaución de pensar qué tanto de Mal había en todo lo que creyó Admisiblemente o Bueno de su Principio. Y luego, con el devenir del tiempo, Todopoderoso, mientras miraba el descontrol casto de Sodoma, se preguntó de dónde salió el Mal originario que invadió el corazón del primer hombre que había creado a su voluntad y relación.
Incertidumbre
Todo era nuevo en el mundo.
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Un hombre pasaba las mañanas, en medio de su dejación, matando hormigas por puro alegría. Las aplastaba con el dedo índice; y un día se aburrió de hacer lo mismo. Así que buscando nuevas emociones descubrió el placer supremo en otra forma distinta de crimen; y, empujado por una extraña pulsión, tomó una roca del entorno y con un golpazo certero en la testuz mató a su hermano.
Y Todopoderoso, sabiendo que en ese tiempo remoto los caminos no existían, solo le dijo:
¡Márchate allá!
Así, en medio de un gran silencio, sin rectificación y fruto del primer acto de barbarie escrito y registrado en el ejemplar viejo, y que luego esa forma de crimen sería conocido como fratricidio, nació el primer senderista de la humanidad.
La voluntad sensacional
Tenía cuatro décadas embarcado en una consejo profunda, luego de consultar varios textos de filósofos y pensadores que escribieron libros virtuosos y descomunales, que desafortunadamente terminaron en la hoguera, y buscando hasta con las uñas entre las cenizas del tiempo, llegó a darse cuenta del origen del mal supremo que abatía a la humanidad. No era suficiente con memorizar eso; y, por fin, luego, atravesando un enredo enmarañado de ideas en vistoso contradicción, llegó a un punto refulgente y descubrió que el nudo que acogota y diezma hasta el encegecimiento, tiene un origen muy simple: memorizar la verdad absoluta y estar dispuesto a defenderla hasta con la vida, no le concede a nadie un gramo de voluntad.
El primer orden
Hay cuatro actividades de renta importancia que acompañan al hombre en las distintas etapas de su promoción social: Pernoctar, manducar, trabajar y tener sexo. En cuanto a lo demás que haga entra en un segundo orden.
Por eso, a través de los siglos, dos muebles fundamentales se mantienen inalterables en su trepidante vida y bajo uso periódico: la cama y la mesa.
En presencia de la mesa se acomoda en una apero, repone energías y conversa, dándole colores diversos a su vida social.
En la cama duerme, descansa, tiene sexo a plenitud. No siempre en ese orden, pero todo de acuerdo a su voluble naturaleza.
Y con el tiempo, cuando le llega el otoño, ya no trabaja y lo abandona la antiguamente vigor sexual. Al punto que usa la mesa para manducar y amontonar medicamentos… y la cama, un día, se convierte en un mueble de utilidad limitada. Allí duerme y morirá, cuando llegue su hora.
La publicación Dos cuentos bíblicos y otros dos muy simples apareció primero en El Día.







