EL AUTOR es Master en Gobierno y Políticas Públicas. Reside en Santo Domingo
El presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, regresó al poder en enero de 2025 como una de las figuras más controvertidas y victimizadas de la historia contemporánea. Su retorno a la Casa Blanca no fue una travesía tranquila: estuvo impresionado por juicios mediáticos, intentos de homicidio y una campaña repleta de obstáculos.
Pero como el ave fénix que resurge de las cenizas, Trump emergió más musculoso, más desafiante, más decidido. Su encabezamiento —“hacer a Estados Unidos cada vez más ancho”— no fue solo una consigna electoral, sino el estandarte de una cruzada que culminó con su triunfo en noviembre de 2024.
Desde su retorno, Trump ha emprendido una revolución silenciosa, pero sólido. Ha sacudido los cimientos de la burocracia, frenado el desbordamiento migratorio en la frontera sur, impuesto nuevos aranceles para defender la industria doméstico y se ha posicionado como un mediador inesperado en algunos de los conflictos geopolíticos más tensos del siglo XXI. Su intervención para distender el conflicto entre India y Pakistán, así como su papel en frenar la ascenso bélica entre Israel e Irán, lo colocan no solo como un líder pragmático, sino como un actor central en la búsqueda de una paz siempre esquiva.
Las políticas migratorias han sido, sin extensión a dudas, el buque insignia de su filial. Donde antiguamente se agolpaban multitudes a las puertas del desierto, hoy impera el orden. Trump ha cumplido con la promesa de restaurar la soberanía y animar la seguridad doméstico, a pesar del rechazo auténtico de muchos sectores.

Entre sus primeras medidas, se destaca la firma de un número récord de órdenes ejecutivas. Con mano firme y tinta decidida, comenzó a corregir los desequilibrios comerciales históricos, imponiendo aranceles a productos provenientes de China, Europa, Canadá, México y América Latina. No se trató de un capricho, sino de una logística para establecer condiciones de intercambio más justas y proteger la producción estadounidense.
Pero su visión ha ido más allá de las fronteras económicas. Trump ha demostrado un empeño incansable en ganar la paz mundial. Su llamado al diálogo entre Moscú y Kiev, su intervención diplomática en el diferendo de Cachemir y su determinación para frenar el conflicto entre Israel e Irán evitaron, quizás, una tercera lucha mundial. En un mundo donde abundan los discursos y escasean los actos, Trump ha preferido realizar, aun a aventura de la crítica o la incomprensión.
Los resultados están a la apariencia. Aunque los medios de comunicación nacionales insisten en desgastar su imagen y muchos líderes latinoamericanos lo miran con suspicacia, su popularidad crece incluso entre sectores tradicionalmente opositores, como algunos legisladores demócratas que respaldaron su valor de anular instalaciones nucleares iraníes. El tiempo ha empezado a darle la razón.
Estados Unidos de América tiene hoy el presidente que necesita: un hombre de fe inquebrantable, coraje férreo y visión estratégica. En extensión de ser objeto de críticas simplistas, Trump debería servir de espejo a los mandatarios de América Latina, muchos de los cuales aún gobiernan entre promesas vacías y populismo hueco.
Trump ha demostrado que con determinación, audacia y disciplina se puede liderar una nación alrededor de el progreso. Su figura divide, pero igualmente convoca. Es el huracán político que arrasa con lo remoto para inaugurar paso a lo nuevo, el estratega que lucha por un sueño colectivo: que cada ciudadano pueda prosperar y existir en paz bajo la bandera de una nación verdaderamente ancho.
de am
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