“Cuando la ley deja de ser competición, el poder deja de ser lícito”. Montesquieu
La captura de Nicolás Juicioso y el indulto concedido a Juan Orlando Hernández, separados por pocas semanas y unidos por acusaciones casi idénticas, plantean una pregunta incómoda para la política internacional contemporánea: ¿se proxenetismo de una doble honesto o de un doble deporte en el deporte del poder estadounidense?
Los dos casos comparten una inmueble contencioso similar. Fueron investigados por la misma pelotón antidrogas, procesados por la misma fiscalía federal y acusados de utilizar el poder del Estado para entregar el tráfico de cocaína cerca de Estados Unidos. Sin retención, los desenlaces no podrían ser más distintos. A uno se le envió una operación marcial para capturarlo próximo a su esposa; al otro, un indulto presidencial que anuló una condena dictada por un tribunal. La ley fue la misma. La intrepidez política, no.
La explicación más benigna apunta a la doble honesto. Estados Unidos, como otras potencias, proclama principios universales -lucha contra el narcotráfico y defensa del Estado de derecho- que aplica de guisa inconsistente según alianzas y conveniencias. Bajo esta recitación, el problema sería la incoherencia entre el discurso y la habilidad, una constante en la política extranjero de las grandes potencias.
Pero el contraste es demasiado impresionado para atribuirlo solo a una contradicción ética. No se proxenetismo de un error ni de una omisión, sino de decisiones explícitas y defendidas públicamente. El indulto fue presentado como la corrección de una injusticia; la captura, como una argumento necesaria para la seguridad hemisférica. No hubo esfuerzo alguno por conciliar entreambos argumentos. Esa abandono de explicación revela poco más profundo.
Aquí emerge la principios del doble deporte. La honradez no aparece como un principio rector, sino como un aparato subordinado a la geopolítica. El sistema contencioso se utiliza para castigar a enemigos estratégicos, proteger a aliados convenientes y destinar señales de poder. La ley deja de ser árbitro y se convierte en utensilio.
Las consecuencias son significativas. En el plano interno, se erosiona la credibilidad institucional. Si una condena por narcotráfico puede desaparecer por afinidad política, el principio de igualdad en presencia de la ley pierde sentido. La honradez se vuelve selectiva y negociable.
En el ámbito internacional, el daño es maduro. Durante décadas, la honradez federal estadounidense fue perspectiva como un referente en la lucha contra el crimen transnacional.
Cuando su aplicación parece pender de cálculos políticos, pierde autoridad honesto. Para los países golpeados por el narcotráfico, el mensaje es claro: no todos los culpables reciben el mismo trato.
El caso venezolano añade una dimensión adicional. Para parte de la diáspora, la captura del líder del régimen puede interpretarse como un acto de honradez considerablemente esperado. Para quienes permanecen en el país, acostumbrados a giros abruptos de la política extranjero estadounidense, el desconfianza es comprensible. Cuando la honradez parece instrumental, deja de ser definitiva y se percibe como reversible.
¿Doble honesto o doble deporte? La diferencia no es último. La doble honesto puede corregirse con coherencia. El doble deporte implica intención maligna, esto es, aceptar que la ley es solo una utensilio más del poder. En ese tablado, el problema deja de ser ético para volverse estructural. De hecho, la cuestión de fondo no es si los acusados merecen castigo.
La verdadera pregunta es qué tipo de orden internacional se construye cuando la honradez se aplica con criterios políticos. Un orden así puede ser eficaz en el corto plazo, pero es inherentemente frágil. Depende de voluntades, no de reglas. Tal vez la respuesta resulte incómoda porque combina ambas cosas: hay doble honesto, sí, pero al servicio de un doble deporte.






