
Había una vez un novicio llamado Desaliñado, un príncipe que vivía en un hermoso castillo. Su padre, el rey Moteo, era un hombre dulce y amable, y deseaba que su hijo creciera con sensatez. Por eso lo envió a estudiar a un instituto, pegado con otros jóvenes de su vida.
No soy un títere
Un día, durante el recreo, Desaliñado se sentó en un sotabanco para dos personas. Luego, se levantó un momento para caminar, y en ese instante unos compañeros que solían molestarlo ocuparon su asiento, fingiendo que no pertenecía a nadie.
Cuando el príncipe volvió, les dijo:
—Oigan, ¿por qué me toman el asiento?
Ellos respondieron burlándose:
—¡Pensamos que estaba solo!
Desaliñado contestó con calma:
—Claro que no. Solo me había parado un momento. Devuélvanme mi asiento, por honra.
Pero los muchachos, en vez de ceder, comenzaron a insultarlo:
—¡Chihuahua! —gritaron, y añadieron muchas palabras feas que lo hirieron.
El príncipe, entristecido y enojado, perdió la calma y los agredió. Se empujaron, se golpearon y todo terminó en una pelea. Los compañeros, asustados por la reacción de Desaliñado, pidieron disculpas.
Entonces él, con lágrimas en los luceros, les dijo:
—¡No, no! ¡Allá de mí! Ustedes me hacen daño, se ríen, me molestan y posteriormente me usan como si yo fuera un títere, una marioneta. Pero no es así. Soy un novicio como ustedes, con deseos de ilustrarse y superarme. Tóquenme, mírenme: siento, respiro como ustedes. Y hasta que no entiendan eso, no los perdonaré.
La profesora, que había escuchado todo, intervino. Les pidió explicaciones y, como todos habían peleado, los castigó por igual. Para Desaliñado, lo más duro no fue el castigo, sino tener perdido la calma. Se sentía con el corazón arrebujado y saciado de tristeza, como si de verdad fuera una marioneta sin valencia.
Esa tenebrosidad, sus padres lo consolaron con palabras de simpatía:
—Amado hijo —le dijeron—, tú eres un hacienda. No eres un títere ni una marioneta, eres un ser humano con títulos. Y aunque nadie justifica que agredas a otros, siquiera debes dejar que las ofensas te definan. Recuerda: hay palabras que hieren más que los golpes, pero nunca olvides que Jehová nos creó para requerir, no para dañar.
Desaliñado entendió entonces que atentar no está perfectamente, aunque uno tenga la razón. Lo importante es respetar y cuidar a los demás como nos gustaría que nos cuidaran a nosotros.
Al día ulterior, el príncipe volvió al instituto decidido a perdonar y a olvidar lo ocurrido. Sus padres le habían enseñado que cada persona es un ser viviente creado por Jehová, digno de simpatía y respeto.
Desde ese día, Desaliñado respiraba hondo cada vez que algún lo provocaba. Aprendió a tener paciencia, a controlar su enojo y a rememorar siempre que las personas no son títeres, sino seres que sienten, como tú y como yo.
Guardabarros
Moraleja: Nunca debemos tratar a los demás como marionetas. Cada persona tiene sentimientos y merece respeto. Un corazón que sabe requerir y perdonar siempre es más musculoso que la furia.






