
Capítulo I: La mañana de siempre
Verónica se despertó, como todos los días, a las siete en punto. El sol entraba por la rendija de la cortina y hacía distinguirse el borde de su cama.
Volvió a cerrar los fanales unos minutos, y cuando el temporalizador marcó las siete y diez, se levantó con desgano.
En la cocina preparó su desayuno: pan tostado con mantequilla, un poco de mermelada y tocino. Todo parecía igual a los otros días. Sin confiscación, en el atmósfera había poco desigual, una quietud que no sabía explicar.
Luego de yantar, se vistió con cuidado, desconectó el teléfono del cargador y escribió a su amiga. Pasaron vigésimo minutos sin que notara el paso del tiempo.
Antiguamente de salir, avisó a su origen que sacaría al perro a pasear.
En la calle, el rumbo soplaba con un olor fresco de hojas nuevas. Al acontecer frente a una tienda que le gustaba, entró sin pensarlo. Había libros. Tomó uno, atraída por su portada. Pero cuando iba a avalar, todo comenzó a rotar. El atmósfera se volvió pesado y frío.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y, ayer de poder desgañitarse, una ráfaga la levantó. Cerró los fanales.
Cuando los abrió, estaba en otro motivo.
Capítulo II: La casa del silencio
La calle era estrecha y desconocida. No había autos ni personas. Solo el ruido del rumbo moviendo las ramas secas.
Verónica miró su teléfono: no había señal.
Caminó sin rumbo hasta detenerse frente a una casa vieja, con la puerta rota y ventanas empañadas por el polvo del tiempo. Golpeó con suavidad. Nadie respondió. Empujó la puerta, que se abrió con un quejido.
Interiormente olía a madera húmeda. Telarañas colgaban como cortinas. Dio unos pasos y la puerta se cerró detrás de ella con un cachete seco. Intentó abrirla, pero no cedía.
El miedo le apretó el pecho. Se sentó en el suelo, sin memorizar qué hacer, hasta que, extrañamente, su teléfono marcó una conexión WiFi. Por un instante pensó en avisar a su origen, pero comprendió que no le creería.
Pasó una hora. De pronto, escuchó pasos. Determinado venía.
Los pasos se acercaban. Se detuvieron frente a la puerta.
Verónica contuvo la respiración. La manija giró.
Capítulo III: Los viejos del enigma
A la luz tenue entraron dos figuras. Eran ancianos. La mujer tenía el mechones blanco recogido y unos fanales serenos; el hombre, una sonrisa cansada y bondadosa.
—¿Quién eres, pupila? —preguntó la mujer.
—Me llamo Verónica —dijo ella, temblorosa.
—Yo soy Georgia, y este es mi consorte, Mike —respondió la mujer.
El hombre asintió con dulzura.
De pronto, Verónica notó poco extraño: el patronímico bordado en una edredón del sillón decía Oxen.
—Mi patronímico todavía es Oxen —susurró sorprendida.
Los ancianos se miraron con asombro.
—¿Y quiénes son tus padres? —preguntó el hombre.
—Tom y Eve —dijo ella.
La mujer se llevó las manos al pecho.
—¡Pupila! —exclamó—. ¡Eres nuestra nieta!
El silencio llenó la casa. Verónica sintió que poco la envolvía, una mezcla de ternura y tristeza.
Capítulo IV: El hogar perdido
Los viejos la llevaron a su casa, una vivienda sencilla y luminosa, con olor a pan recién hecho.
—Esta todavía es tu casa —dijo Mike con voz suave.
Le mostraron la sala: un sofá viejo, una mesa de madera clara y una lamparón que dejaba caer una luz amarilla. Subieron la escalera.
—Aquí dormimos nosotros —dijo Georgia—. Y este será tu cuarto.
Verónica abrió la puerta. Interiormente había una cama con dosel, un perro que movía la rabo y un felino dormido adjunto a la ventana.
—¿Tienen mascotas? —preguntó ella, sonriendo.
—Sí, siempre las tuvimos —contestó Georgia—. Y parece que todavía te recuerdan.
Esa confusión, ayer de tumbarse, los abuelos llamaron a su origen. La voz de Eve sonó emocionada.
—Vendré por ella mañana —dijo.
Capítulo V: El regreso
A la mañana venidero, el timbre sonó.
Verónica abrió la puerta.
—¡Mamá! —gritó corriendo a sus brazos.
Eve la abrazó con fuerza, y detrás apareció su padre.
Los abuelos miraban la ámbito con lágrimas silenciosas.
El atmósfera se llenó de una paz que solo da el inclinación que regresa.
Colofón: El sueño
Cuando Verónica abrió los fanales, estaba en su cama. Sus padres la miraban con preocupación.
—Te desmayaste en la estante —le dijo su origen—. Caíste y golpeaste la habitante. Dormiste casi un día sereno.
Verónica los escuchaba en silencio. Luego sonrió.
Les contó su sueño: los abuelos, la casa, los animales, todo.
Tom y Eve se miraron con asombro. Verónica había descrito con precisión detalles que no podía memorar: los rostros de sus abuelos, el perro, el felino.
—Tal vez vinieron a cuidarte —dijo su padre.
—Sí —respondió ella con ternura—. Y me mostraron que el inclinación no se pierde. Solo cambia de motivo.







