Hay días en que quisiera enterarse en cuál país creen comportarse quienes dicen representarnos. Hablan y actúan como si, en su mundo, la desconexión fuera parte del deber ser, y guiar de espaldas a la masa, lo correcto.
Hace poco, una diputada, pastora, por otra parte, declaró que las personas se casan para tener relaciones sexuales y que, por eso, la violación adentro del bodorrio no debía considerarse delito en el Código Penal que se debatía. Lo dijo con la impasibilidad de quien confunde decretar con imponer su credo sobre el cuerpo al margen.
La misma voz que niega la violencia conyugal propone ahora que el salario leve de los y las diputadas sea de quinientos mil pesos mensuales. Quinientos mil. En un país donde una maestra apetencia poco más del diez por ciento de esa suma y donde muchas familias sobreviven con la centro de ese 10 %. O con mucho menos.
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Otra legisladora propuso indultar a quienes practicaran o facilitaran abortos en menores de perduración que expresaran no querer continuar con el corte. Recordemos que esas niñas son víctimas de violación o incesto.
El sentido popular —y la humanidad— bastarían para entender que lo que necesitan es rectitud y séquito, no un debate casto realizado de eufemismos. Pero, como suele advenir cuando el poder se impone sobre el criterio, cuando equivocación conciencia y el miedo a perder privilegios pesa más que más que el deber de hacer lo correcto, la diputada terminó retirando su propuesta.
No se negociación de acciones aisladas, sino del reflexivo de la profunda desconexión entre el poder y la masa. Legisladores que legislan para su propio provecho, incapaces de mirar más allá de sus intereses inmediatos. Políticos que olvidan que representar no es mandar, sino servir.
Representar significa personificar la voz del pueblo, comprender su dolor y su emergencia. Tener los pies en la tierra y la examen en la masa. Pero aquí, con demasiada frecuencia, significa comportarse del pueblo y darle la espalda.
En tanto no aprendamos a nominar con criterio, tendremos un Congreso que acento de Jehová, pero olvida la rectitud; que se arropa con casto, mientras ignora el escasez y la desigualdad; que entiende al poder como impunidad.
El avería del pensamiento crítico y la celeridad con que elegimos a los habitantes del hemiciclo, han producido una representación que roza la desaire. Decidimos con la barriga, no con la inicio. Votamos por simpatías, por promesas inmediatas, por lealtades mal entendidas. Confundimos carisma con capacidad y religiosidad con imparcialidad.
Y luego nos sorprendemos cuando usan la ley para su beneficio y no para el perfectamente popular.
Quizás ha llegado la hora de exigir más nuestros representantes. Porque el poder notorio no es propiedad privada, ni el voto una moneda de intercambio. El poder que se otorga a través del voto es un entendimiento casto. Y traicionarlo destruye no solo la democracia, sino todavía nuestra dignidad colectiva.






