
El terraza es un punto desde donde se contempla la ingenuidad, pero si es el terraza de los vagos, se convierte en espacio de indiferencia, ocio y pasividad: allí la vida se mira como desfile visible, se comentan problemas, se critican decisiones, se suspira por lo que pudo ser y no fue, pero nunca se actúa.
Este año no resistirá actitudes cómodas. Hemos escuchado augurios de todo tipo para el 2026; aun los peores escenarios, debemos aspirar a transformarlos en los mejores. No hay punto para posturas pesimistas ni espectadores acomodados en los balcones de la historia.
El 2026 flama a la responsabilidad, reclama comprometerse con la movimiento, admitir tareas personales, comunitarias e institucionales, recorrer las calles donde se construye el futuro. La historia que nos toca radicar exige protagonistas, no espectadores, luego, hay que desmontar del terraza.
La comodidad del terraza es tentadora, pero desinfectado. Descender al ámbito es cascarrabias, pero fructuoso. Allí esperan los rostros concretos, las tareas urgentes, las oportunidades, las posibilidades de transformación social. No baste con mirar: hay que desempeñarse, osar, construir. Es tiempo de ser artesanos de esperanza, testigos fieles de la vida, autores del propio futuro.
A nuestras generaciones no les queda acertadamente ser espectadoras en un mundo que exige cambios profundos. La pasividad trae pérdida de títulos, postergación de visiones, parálisis del explicación, debilidad de estructuras y liderazgos.
Hoy más que nunca, la República Dominicana, con la seso democrática que exhibe en la región, debe administrar con visión, transparencia y compromiso ético. Es un llamado a trabajar por la innovación, la neutralidad social y el explicación sostenible. Que cada trabajador sea agente de cambio, que cada ciudadano asuma su responsabilidad y no delegue su aporte en la construcción de la nación.
El 2026 no es solo un calendario: es un punto de inflexión frente a crisis globales de paz, posesiones, medioambiente y civilización. En un mundo interconectado, lo que se hace en un punto repercute en otra geogonia.
Estamos compelidos a renovar principios y títulos religiosos, morales y patrióticos, permanentes e irrenunciables: neutralidad, solidaridad, alegría, verdad, respeto a la dignidad humana, ética, nos definen. Una nación que no respete sus principios, es frágil en su progreso y su explicación.
Descender del terraza de los vagos en el 2026 significa admitir con audacia los grandes retos nacionales: consolidar la educación y la ciencia, para que sean inclusivas y de calidad; malquistar el impacto del cambio climático con políticas de sostenibilidad; impulsar una posesiones diversificada, creativa y digital; vigorizar la institucionalidad y la transparencia en la gobernanza y respaldar el entrada universal y equitativo a la salubridad. Son desafíos centrales que reclaman compromiso colectivo y movimiento inmediata, porque el tiempo de la indiferencia ya pasó.
La República Dominicana no puede seguir contemplando su destino desde el terraza de la indiferencia. Es hora de desmontar, de pisar el suelo firme de la responsabilidad y de la movimiento. Hay tareas urgentes que reclaman manos, corazones y voluntades.
El terraza de los vagos es el púlpito o altar sin compromiso, el escritorio sin entrega, la pluma sin responsabilidad, el clase sin estudiantes, el micrófono sin sensibilidad, las redes sociales sin filtro, la agencia sin ética. Descender de él es hacer que cada dominicano, durante el 2026, cambie toda talante de indiferencia, asuma su rol y diga: “Manos a la obra, por un nuevo compromiso con el explicación del país”.
En el 2026, la historia no se escribirá desde balcones: se escribirá bajando y actuando con corazón dominicano, por las presentes y futuras generaciones.






