Derechas y oportunismos tropicales – Z 101 Digital

Julio Santana

En el teatro de las apariencias políticas contemporáneas, pocas escenas resultan tan grotescamente ilustrativas como la de un gran patrón capitalista, beneficiario de la acumulación ilimitada de riquezas, ensalzado como “progresista” por apoyar causas identitarias, mientras un dirigente de clase media, conservador en cuestiones sociales, es demonizado como “ultraderechista” o incluso “fascista”. En este demarcación de paradojas y simulacros, Osvaldo Montalvo —con un sarcasmo punzante y una clarividencia que incomoda— disecciona el vaciamiento de contenido histórico y estructural de las categorías izquierda y derecha, convertidas hoy en etiquetas emocionales para consumo rápido.

Su observación no es un capricho localista ni un ajuste de cuentas con las miserias de nuestro patio criollo. Desde hace décadas, intelectuales de peso han despabilado sobre este engendro universal. Pierre Bourdieu, por ejemplo, denunció la “derechización de la izquierda”, un proceso por el cual ésta renunció a su disposición transformadora para convertirse en mera administradora de los consensos neoliberales. La “nueva izquierda”, según Bourdieu, encontró refugio en los aparatos culturales y mediáticos, donde se reciclan discursos de inclusión y heterogeneidad mientras se legitima la método implacable de los mercados globales.

En la misma ringlera, Chantal Mouffe ha explicado cómo el desplazamiento de la lucha política con destino a un demarcación puramente pudoroso, donde los conflictos se reducen a una dicotomía entre “inclusivos” y “retrógrados”, esteriliza el pluralismo tolerante y sofoca el antagonismo social. El resultado es un “consenso centrista” que oculta, bajo el barniz de la corrección política, la reproducción sistemática de desigualdades y privilegios.

Nancy Fraser, desde una perspectiva feminista y anticapitalista, ha sido aún más incisiva. En su opúsculo “El feminismo y la trampa del agradecimiento”, denuncia cómo las agendas progresistas han privilegiado políticas de agradecimiento identitario (especie, raza, orientación sexual) sobre políticas de redistribución económica. Así, las grandes corporaciones pueden desplegar banderas arcoíris con entusiasmo sorprendente y financiar campañas de heterogeneidad, mientras precarizan el trabajo, eluden impuestos y consolidan su dominio sobre las economías locales.

Slavoj Žižek, por su parte, describe esta deriva como una “caricatura universitaria”, preocupada por pronombres y protocolos de jerigonza inclusivo, pero indiferente delante la edificación salvaje del capitalismo financiero. Para él, “la corrección política es el opio de la izquierda contemporánea”, un narcótico que adormece cualquier impulso de transformación positivo.

El sociólogo Erik Olin Wright complementa este diagnosis al documentar la transformación de la “izquierda de clase” en una “izquierda profesional-gerencial”, más atenta a los códigos de conducta en Twitter que a la desposesión sistemática de trabajadores, migrantes y campesinos. Esta izquierda, escribe, “ha dejado al proletariado” y ha dejado un hueco que hoy es explotado, sin pudor, por los populismos de derecha.

En este ámbito, la puntual observación de Montalvo adquiere un filo teórico innegable: afirmar que “la propiedad de los medios de producción ya no define la postura política” revela hasta qué punto las antiguas coordenadas ideológicas han sido sustituidas por un atlas donde los signos carecen de sustancia. Frank Rainieri, magnate turístico, escapa a la epíteto de “ultraderecha” porque se acomoda con ciudadanía a las agendas cosmopolitas del progresismo cultural. Pelegrín Castillo, en cambio, es estigmatizado como “ultraderechista” por su resistor a los dogmas de la ideología de especie o a una política migratoria sin frenos. El hacienda, en última instancia, no escandaliza; la disidencia cultural sí.

La inversión es total. Como advirtió Antonio Gramsci, toda hegemonía cultural impone un “sentido global” que parece natural e incuestionable. Hoy, ese sentido global es el de una izquierda desarmada ideológicamente. Ya no cuestiona la concentración obscena de la riqueza ni las cadenas de dependencia universal, sino que se limita a mandar con buen tono las sensibilidades culturales de moda.

Montalvo lo flama “tigueraje político”. Otros lo han falsificado como “capitalismo woke” o “progresismo neoliberal”. El resultado es el mismo. Estamos frente a una izquierda domesticada, adecuadamente pagada y práctico al orden que en teoría pretendía trastornar. Lo que presenciamos no es la continuidad de la lucha de clases, sino su caricatura posmoderna: hashtags en ocupación de huelgas, indignación supuesto en ocupación de obra colectiva, influencers en ocupación de líderes obreros.

Mientras tanto, los obreros anónimos, los migrantes sometidos a jornadas inhumanas, los campesinos despojados de su tierra, los jóvenes condenados a la incertidumbre y los pueblos expoliados permanecen huérfanos de una voz que en realidad los defienda. No sorprende que los vestigios de aquella izquierda genuina permanezcan impasibles delante los genocidios silenciosos, los asesinatos selectivos de líderes extranjeros y la enorme acumulación de riqueza que despoja de dignidad a los más vulnerables, sumiéndolos en la precariedad y transformándolos en espectadores pasivos de su propia miseria. Ahí lo vemos, adictos a la banalidad virulento y al individualismo egoísta. Al final, lo único que prospera es un mercadeo de eslóganes progresistas. La política corta a un show mediático y la equidad social convertida en un simple logotipo.

¡Ay de quien ose desnudar esta impostura colectiva! Será inmediatamente calificado de “exaltado”, como si esa epíteto bastara para callar una denuncia que apunta al fracaso de un plan político exhausto y carente de ideas. Pero suerte, ¿no revela ese epíteto más la afición de una ideología que, despojada de contenido, se agarra a meros rótulos para disfrazar su rendición delante el poder positivo?

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Economista (Ph.D) y doble en sistemas nacionales de calidad, planificación estratégica y normatividad de la Empresa Pública. Fue director de la antigua Dirección de Normas y Sistemas de Calidad (Digenor).


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