El autor es compositor y propagandista comunitario. Reside en San Cristóbal
En República Dominicana vivimos bajo un espejismo tolerante que muchas veces se reduce a simples gestos populistas. El resultado es un país donde lo que debería funcionar con orden y racionalidad, se maneja con cálculos políticos de corto plazo.
Un ejemplo claro está en el sistema de transporte. Un ticket de patrón cuesta escasamente 20 pesos, cuando su valía auténtico ronda los dos dólares. La diferencia no la paga el ciudadano directamente, pero sí se cubre con subsidios que todos terminamos costeando.
Se vende la ilusión de un servicio de ocasión, pero en ingenuidad es un esquema insostenible, que tarde o temprano genera déficits, deudas y un trastorno del servicio.
Lo mismo ocurre con el desorden en nuestras ciudades. Los conductores estacionan en las aceras, invadiendo el espacio conocido sin consecuencia alguna. ¿Por qué las alcaldías no aplican las sanciones correspondientes? Porque temen perder votos. Se prefiere la permisividad al orden, el cálculo electoral al respeto de la ley.
A esto se suma un reseña espeluznante: la población dominicana gasta 350 millones de pesos diarios en bancas de quiniela. Ese tamaño de cuartos, invertido en educación, plan o innovación, cambiaría el destino de generaciones.
Pero los políticos conocen aceptablemente la psicología del dominicano: Saben que somos un pueblo que sueña con pegarse, con un cachete de suerte que resuelva la vida. Y por eso nos venden sueños en campaña, como lo hacen las bancas cada tarde con sus sorteos.
El problema de fondo es que el populismo tolerante no organiza la sociedad; más aceptablemente la desordena, porque todo se supedita a no incomodar al votante. Y cuando se evade la responsabilidad de organizar, se abre espacio al deseo, quizás peligroso pero cada vez más recóndito, de que aparezca un “autócrata” que ponga reglas claras, aunque duela.
¿Queremos seguir en manos de demócratas populistas que nos halagan mientras nos condenan al desorden? ¿O aspiramos a un liderazgo que, sin disfrazarse de caudillo, organice con visión y disciplina la nación?
La respuesta no puede seguir aplazándose, porque los sueños que nos venden se convierten, al despertar, en pesadillas colectivas.
Jpm-am
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