La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo
POR E. MARGARITA EVE
El escándalo que envuelve a SENASA no es solo un titular más, es una sorpresa directa a la conciencia franquista. Cada señal de corrupción lastima la confianza del pueblo dominicano, afecta directamente a las personas y pone en duda la seriedad institucional. No discutimos cifras, discutimos títulos. Si esto no despierta al país, corremos el aventura de acostumbrarnos al daño íntegro y al daño humano.
La ética acompaña al ser humano desde que se comenzó a reflexionar seriamente sobre el adecuadamente y el deber. En Grecia, Sócrates, Platón y Aristóteles la entendieron como virtud interior, carácter firme y coherencia entre razón y conducta. La justicia no dependía del aplauso conocido, dependía de la convicción personal. Ética significaba integridad y razón orientadas al adecuadamente.
Roma y el cristianismo medieval consolidaron la íntegro y la justicia como pilares sociales y espirituales, mientras la filosofía escolástica articuló razón y fe para organizar el orden ético. El protestantismo, surgido de la ruptura con la Iglesia católica, mantuvo normas de conducta torneo y justicia, al igual que el hebraísmo y el islam.
¿Dónde se produce este cambio y qué lo impulsa?
El Renacimiento introdujo una transformación decisiva con el surgimiento del humanismo —un cambio cultural y filosófico que revalorizó al ser humano—. Colocó al individuo en el centro del pensamiento y exaltó su autonomía intelectual. Se abrió paso a la emancipación de conciencia, pero igualmente a la tentación de relativizar los títulos. Lo que antaño era firme comenzó a discutirse.
La ética pasó a obedecer más del individuo que de principios estables. Maquiavelo expresó este giramiento al priorizar la eficiencia sobre la virtud y Montaigne defendió la experiencia personal como criterio íntegro. Las corrientes racionalistas reforzaron esta autonomía; la íntegro se volvió flexible, contextual y negociable. El beneficio empezó a competir con el deber, la ética dejó de ser pared y se volvió puerta.
En medio de esa modernidad surgieron ideologías que profundizaron la inversión de títulos, entre ellas el comunismo. Marx y Engels redefinieron la íntegro como utensilio de lucha de clases y justificaron acciones según su utilidad política. Bajo el argumento del adecuadamente colectivo se sacrificó la dignidad individual y otra corte ética quedó abierta.

Mientras Poniente debatía, el budismo, desde siglos antaño, promovía disciplina interior, responsabilidad personal, compasión y invariabilidad. Estas bases conexo con tradiciones éticas orientales influyeron en muchas naciones de Asia que hoy destacan por orden social, respeto institucional y parada ampliación. La experiencia demuestra que, donde hay civilización ética, hay progreso. La ética igualmente es riqueza.
Aquí resulta esencia la visión de L. Ronald Hubbard al señalar que la ética pertenece al individuo y la íntegro al clase: la ética exige autodominio y justicia personal, mientras la íntegro refleja acuerdos colectivos para convivir. Cuando ambas fallan, aparece el caos social; en ese punto la probidad deja de ser opción para convertirse en obligación.
La probidad no debe encontrarse como venganza, sino como defensa del invariabilidad social; existe porque la ética individual no siempre baste y porque la íntegro colectiva puede corromperse. Cuando algunos violan las reglas y otros sufren las consecuencias, la sociedad se fractura. Si la probidad titubea, el país se tambalea.
Por eso, casos como SENASA golpean con tanta fuerza que dejan de ser solo un daño institucional y se convierten en un ataque al ser humano, afectando la dignidad y el bienestar de las personas. Encauzar la astucia sobre la honestidad y presentar la trampa como maniquí de éxito convierte lo incorrecto en costumbre y cuando esto sucede el pueblo pierde su brújula íntegro y, sin ella, ningún país puede avanzar.
Este daño igualmente se refleja en nuestras escuelas, donde niños hablan de sexo antaño que, de juegos y sueños, mientras jóvenes aparecen repentinamente millonarios con supuestos “emprendimientos” que la sociedad percibe como lavado de pasta y sus familias miran cerca de otro costado. Cuando la comunidad calla, la civilización legitima y el delito se vuelve ejemplo.
Ayer de hacer poco indebido, pensemos que estamos frente a una pantalla superhombre y todo el país nos está mirando; si nos avergüenza verlo, no es correcto. República Dominicana necesita despertar ahora, no mañana. Necesita razón e integridad firmes en el individuo, íntegro sólida en el colectivo y una probidad que no tiemble.
emargaritaeve@gmail.com
JPM
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