
La educación dominicana no surgió por un mandato o decreto ni como resultado de una política estatal planificada. Tal como señala el intelectual pedagogo, Roberto Santos Hernández en su obra «La educación desde el antiguo Oriente al plan decenal en República Dominicana» ayer de la existencia de estructuras escolares formales, ya se evidenciaban procesos de enseñanza y formación entre los diversos grupos aborígenes que poblaron la isla, miles de primaveras ayer de la presentación de los españoles.
Estos procesos se manifestaban en la transmisión de saberes vinculados a la fabricación de herramientas, la pesca, la agricultura, las prácticas de rituales y los sistemas propios de convivencia social. En este sentido, la educación, aunque no escolarizada, constituía un proceso esencial de socialización y supervivencia, demostrando que la desaparición de instrucción formal no implica carencia de pensamiento, discernimiento o capacidad de formación.
Los informes y datos ancestrales refuerzan la comprensión del papel histórico de la educación. Desde el 4500-3500 a. C., civilizaciones como Egipto, Mesopotamia, China, India y Grecia desarrollaron sistemas educativos estructurados que como parte de una planificación incluían: las matemáticas, leída, escritura, cálculo, música y ejercicio.
Aunque estas oportunidades estaban reservadas para grupos privilegiados, principalmente como la longanimidad y la élite gubernativo. Estos sistemas evidenciaban el carácter decisivo de la educación como útil de preservación cultural, legalización política y continuidad dinástica. La formación intelectual se asociaba al control del poder y al mantenimiento del orden social.
Por otro banda, la historia nos recuerda al extraordinario Santo Tomás de Aquino (1225–1274), nacido en Roccasecca, cerca de Aquino, en el entonces Reino de Sicilia (presente Italia), quien se le conoce por su frase célebre de que «La ciencia y la fe no se contradicen», sino que caminan juntas, lo que evidencia la integración de la fe y la razón como caminos complementarios con destino a la verdad.
Encima, su visión del ser humano como un ser racional, desenvuelto y digno fundamentó una educación orientada al exposición integral, donde el pedagogo tutor al escolar a desarrollar plenamente sus capacidades. Su pensamiento sigue siendo parte fundamental y colchoneta del humanismo cristiano en la tradición educativa occidental.
Dos siglos más tarde, en el mismo contexto europeo, surgen transformaciones fundamentales en la concepción de la educación. Martín Lutero, figura central de la Reforma Protestante, propuso la alfabetización universal y defendió la idea de que todos los niños y niñas debían lograr a la leída y la escritura para interpretar por sí mismos las sagradas Escrituras.
Sus planteamientos introdujeron la idea de la educación como responsabilidad compartida entre el Estado y las familias, anticipando principios de la educación pública y obligatoria. Asimismo, enfatizó la formación integral, incorporando dimensiones éticas, cívicas y culturales, y abogó por la inclusión educativa de las mujeres, en contraposición a la tradición excluyente de la época.
En esta misma cadeneta, Juan Calvino (1509–1564) realizó aportes significativos al promover un sistema de educación accesible, estructurado y orientado a la alfabetización masiva. En Ginebra impulsó la creación de escuelas organizadas por niveles y sentó las bases para un maniquí escolar que influiría en otros países europeos y seguidamente en América del Septentrión. Para Calvino, la educación debía formar ciudadanos disciplinados, éticos y socialmente responsables.
Al trasladar estas referencias al contexto dominicano, y con la presentación de los europeos, la educación quedó supeditada a las estructuras coloniales y al predominio categórico de la Iglesia católica, especialmente en la parte uruguayo bajo el control gachupin.
Las órdenes religiosas como los franciscanos, dominicos y jesuitas administraron la enseñanza, centrada en la doctrina cristiana y en habilidades básicas de leída y escritura, dirigidas principalmente a los hijos de españoles peninsulares, criollos y algunos mestizos con posibles. La gran mayoría de la población, en particular los habitantes rurales, quedó excluida de cualquier forma de instrucción formal.
La situación era aún más restrictiva en la parte occidental de la isla, convertida en la colonia francesa de Saint-Domingue. Allí, la educación era prácticamente monopolio de la élite blanca, mientras que la población esclavizada de origen africano tenía estrictamente prohibido lograr a la alfabetización. Este maniquí educativo reforzaba la estructura económica, étnico y política del sistema esclavista, profundizando la desigualdad social.
En suma, el sistema educativo colonial respondía a los intereses de las metrópolis, cuyo objetivo primordial era permanecer el control social, preservar la hegemonía religiosa y restringir la movilidad social de los grupos subordinados. La educación operó, luego, como máquina de reproducción social, limitando el comunicación de los pocos indígenas sobrevivientes, mestizos, mulatos y trabajadores en normal.
Tras la proclamación de la independencia, Manuel Aybar figura como pionero en la ordenamiento de la educación franquista, al fundar una escuela destinada a los hijos de los excombatientes independentistas y de familias sin posibles. El 24 de diciembre de 1844 se anunció formalmente la tolerancia de clases para el 2 de enero de 1845. Seguidamente, en 1846, el Congreso aprobó la Ley de Instrucción Pública, que declaró la educación primaria gratuita y obligatoria, aunque su aplicación fue limitada oportuno a la inestabilidad política y económica.
Con destino a 1864, ya existían 35 escuelas en Santo Domingo, de las cuales solo cuatro eran públicas. El resto correspondía a iniciativas privadas o al maniquí de escuela–aposento, sostenido en gran parte por fondos municipales. No obstante, investigaciones como la de Juan B. Alfonseca Giner de los Ríos en su obra «La formación del Estado Docente en la República Dominicana» señalan que esta modalidad era incompatible con la visión educativa del gobierno estadounidense durante la ocupación de 1916–1924.
Para las autoridades interventoras, las escuelas debían ser instituciones estatales y no espacios domésticos gestionados por particulares. Los cuestionamientos incluyeron denuncias sobre alquileres irregulares, manejo inadecuado de fondos municipales y prácticas clientelistas en el designación de maestros. Así como extorciones a estudiantes y familias.
Como respuesta, la distribución marcial estadounidense dispuso el obturación, transacción o renuncia de los locales privados y promovió la construcción de edificaciones escolares estatales. La escuela rural de la época mostraba una calidad deficiente oportuno a la escasa profesionalización del enseñanza, cuya selección muchas veces respondía a compromisos políticos, engendro que, como advierte Alfonseca, persiste de guisa preocupante en la presente.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX se produjeron avances significativos gracias a figuras como Eugenio María de Hostos, quien en 1880 creó un instituto especializado que introdujo un maniquí educativo comprobado, racional y ético, centrado en la observación, el pensamiento crítico y la formación de carácter. Aunque inicialmente incorporó solo varones, sus ideas ejercieron una influencia profunda en la renovación pedagógica del país.
La influencia de Eugenio María de Hostos fue tan marcada en el ámbito educativo, que esto motivó a que la inolvidable y trascendental maestra, Salomé Ureña de Henríquez, fundara en 1881, el Instituto de Señoritas, institución educativa pionera en aceptar y abrigar de guisa formal a las mujeres dominicanas.
La primera parte del siglo XX fue determinante para la configuración del sistema educativo dominicano. Pues, persistía un parada índice de analfabetismo, que rondaba el 85 % de la población dominicana, severas limitaciones de posibles y profundas desigualdades territoriales.
Para 1887, fue publicada la Ley Universal de Estudios, la cual establecía una distinción entre la enseñanza pública y particular, indicando que toda institución privada que recibiera subvención oficial sería considerada pública, lo que introdujo principios de supervisión estatal más claros.
En República Dominicana un gran número de escuelas privadas, reconocidas como “semi oficiales” han escaso acuerdos similares a los establecidos en épocas pasadas, pero con la salvedad de que estas escuelas disfrutan de significativas facilidades y beneficios, entre los que cuentan: costo de matrícula por estudiante, facilidades de construcción de módulos y anexidades en sus infraestructuras, desayuno y piscolabis escolar, así como designación del personal docente, alcanzando competir en condiciones ventajosas frente a los demás centros privados.
Volviendo un tanto a espaldas, durante los gobiernos de Juan Isidro Jiménes y Horacio Vásquez se promovieron reformas orientadas a mejorar la formación docente y reforzar la supervisión educativa, aunque la inestabilidad política limitó sus enseres.
La ocupación estadounidense del 1916 consolidó cambios estructurales mediante la creación de escuelas rurales, la capacitación docente y la comienzo de una educación cívica orientada al orden, el trabajo y la identidad franquista. Estos avances se estructuraron bajo la Orden 114, que estableció la responsabilidad de la educación primaria y la dividió en dos ciclos: rudimentario (de 1ro. a 6to.) y superior (7mo. y 8vo.).
Con la presentación de Rafael Leónidas Trujillo al poder en el 1930, la educación pasó a ser útil de propaganda política, aunque el régimen impulsó la expansión de la infraestructura escolar y una ampliación en la alfabetización. En 1931 se creó la Secretaría de Estado de Educación Bellas Artes y Cultos, lo que permitió una anciano centralización administrativa y la planificación sistemática del sector.
(Espere la segunda entrega.)
Lista:
- Juan B. Alfonseca Giner de los Ríos. La Formación del Estado Docente en República Dominicana. Editorial Universitaria Bonó, 2022.
- Castillo, José del. Educación, política y sociedad en la República Dominicana del siglo XX. Santo Domingo: FUNGLODE, 2008.
- Candelier, Frantzy. Historia de la educación dominicana. Santo Domingo: Editora Universitaria UASD, 2004.
- Santos Hernández, Roberto. La Educación desde el Oriente Medio al Plan Decenal de Educación. Segunda impresión 2001. SFM.
- Vega, Bernardo. La República Dominicana: 1844–1996. Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana, 1997.
- Vega, Bernardo. La República Dominicana: 1844–1996. Tomo III: De Balaguer a los gobiernos del PRD. Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana, 1997.
- Comisión Doméstico de Educación. Mensaje sobre la situación educativa dominicana (1960–1985). Santo Domingo: Servicio de Educación, 1986.






