El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
Por CARLOS SALCEDO
Desde los dioses antiguos hasta los algoritmos contemporáneos, la humanidad ha fabricado verdades emotivas para soportar el infructifero del no retener. Hoy, la posverdad prolonga esa vieja obligación bajo una apariencia tecnológica.
“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Jn 8,32)
I. El mito: la primera mentira necesaria
Desde los primeros días de la humanidad, el ser humano ha intentado dotar de sentido al enigma que lo rodea. De ese impulso -racional y temeroso a la vez- nació el mito, esto es, una explicación poética de lo incomprensible. Los relámpagos no eran descargas eléctricas, sino la ira de un dios; la sequía no era un engendro climático, sino un castigo divino. El mito fundó el orden simbólico del mundo y, con él, la ilusión de control frente al caos. Era, en el fondo, una mentira emotiva, una creación necesaria para calmar la angustia de no retener.
Así, el mito fue la primera gran construcción fabricado de la humanidad, una verdad inventada para sobrevivir. En cada civilización, los dioses fueron un espejo de los hombres: celosos, vengativos, compasivos o caprichosos, según el pulso emocional de sus pueblos. En ellos se mezclaban las pasiones humanas con los fundamentos naturales, y su poder dependía de la fe colectiva que los sostenía. No había aún ciencia ni filosofía; había relatos. Y los relatos eran la forma más antigua del poder.
II. De los dioses al poder material
Con el paso del tiempo, las civilizaciones comprendieron que el universo no podía servir de tantas voluntades divinas. La multiplicidad de dioses resultaba insostenible en la búsqueda de una verdad unificadora. El politeísmo -creencia en varios dioses-, aunque arreglado, reflejaba el caos del alma humana. Surgió entonces el monoteísmo como aspiración a la pelotón, es asegurar un solo Altísimo que explicara todas las cosas y diera coherencia al mundo.
Esa transición fue, al mismo tiempo, un acto de fe y de poder. El Altísimo único concentró no sólo lo divino, sino incluso lo político. Quien hablaba en su nombre, mandaba. Reyes y papas se proclamaron representantes de Altísimo en la Tierra. El trono y el altar se confundieron en un mismo símbolo. La fe se convirtió en aparato de obediencia, y la religión en certificación del poder. En nombre de la verdad divina se impusieron guerras, conquistas y silencios.
III. La filosofía y el rescate de la verdad
La filosofía intentó liberar al hombre de ese dominio. Platón situó la verdad en el mundo de las ideas, accesible sólo al alma que se emancipa de las sombras; Descartes la buscó en la certeza del pensamiento racional -“pienso, luego existo”-; y Kant en los límites del conocimiento y en la razón ejercicio que timonel la argumento honrado.
En cambio, Jenófanes ya había apto que los hombres crean dioses a su imagen, y Pirrón, desde el incredulidad, dudó de que la verdad pudiera conocerse plenamente. Siglos posteriormente, Nietzsche radicalizó esa sospecha: si Altísimo ha muerto, incluso mueren las verdades absolutas. El hombre, libertino del dogma, debe inventar su propio sentido, aunque ese acto lo confronte con el infructifero.
Los libros sagrados -la Antiguo Testamento, el Corán, los Vedas, la Torá- coinciden en una convicción esencial: la verdad hace huido al hombre. Pero la historia demuestra que los hombres, más que buscarla, han preferido creer.
IV. El desencanto y las nuevas religiones seculares
La modernidad rompió el vínculo entre el poder divino y el material. El Estado laico sustituyó al noble, y la ciencia reemplazó al mito. La razón se convirtió en la nueva autoridad. Pero el desencantamiento del mundo no trajo serenidad. Nietzsche lo advirtió: el infructifero dejado por Altísimo sería ocupado por ideologías.
El siglo XX confirmó esa profecía. El nacionalismo, el marxismo y el consumismo se erigieron en religiones seculares, cada una con sus dogmas, sus profetas y sus promesas de redención. La humanidad, al liberar la mente, siguió prisionera del deseo de creer.
V. Posverdad: la emoción como nuevo dogma
En el siglo XXI, la humanidad ha hexaedro un paso más: ha sustituido los dioses y las ideologías por las emociones como criterio de verdad. Vivimos en la era de la posverdad, donde los hechos importan menos que las percepciones. Lo que convence se impone sobre lo que demuestra. La objetividad cede en presencia de la fiabilidad afectiva.
Como advierte Byung-Chul Han, en la sociedad de la transparencia “todo debe mostrarse y nadie puede pensarse”. Esa exposición constante convierte la emoción en mercancía. Las redes sociales han democratizado la mentira, pues cada sucesor fabrica su propio mito digital y lo defiende con fervor religioso.
Hannah Arendt lo comprendió antiguamente que nadie: cuando la mentira se normaliza en la esfera pública, la verdad pierde su fuerza honrado y política. La opinión se convierte en una forma de dominación.
VI. Entre la fe y la sagacidad
Así, la humanidad repite un ciclo: del mito al dogma, del dogma a la razón, y de la razón a la emoción digital. Cambian los nombres, pero no el fondo. Seguimos prefiriendo las mentiras que nos consuelan a las verdades que nos desafían.
En suma, el mito no ha desaparecido, solo se ha vuelto interactivo. Quizá la verdad siga existiendo, como intuían Platón, Descartes y Kant, pero requiere una disciplina interior que el ruido del mundo contemporáneo ya no tolera.
En tiempos donde la emoción manda y el discernimiento se diluye, pensar críticamente es el postrer acto de fe.
JPM
Compártelo en tus redes:






