EL AUTOR es presidente del Frente Cívico y Social. Reside en Santo Domingo.
Nuestra nación no pierde su franqueza de sorpresa. La pierde cada día en la indiferencia, en la resignación y en la delegación pasiva de la responsabilidad histórica. Hoy, la República Dominicana enfrenta un momento crítico: generaciones enteras han sido educadas para sobrevivir, no para atreverse; para aceptar migajas, no para exigir rectitud; para mirar desde la rastra, no para protagonizar la historia.
La transformación del ciudadano en espectador no es casualidad: termina operando como un diseño práctico al exageración: mantenernos cansados, divididos y desorientados mientras sectores políticos y económicos consolidan su poder sobre lo sabido. No se comercio solo de corrupción visible; la tragedia más profunda es la corrupción estructural que roba identidad, carácter y propósito. Cuando se roba la identidad de un pueblo, se roba igualmente su futuro.
El método es constante y silencioso. Servicios deficientes, educación precaria, salarios insuficientes y civilización del “parche” acostumbran al pueblo a aceptar migajas como logros. Los derechos se convierten en favores y los favores en cadenas. Se gobierna desde el miedo, la ira y la desesperanza: emociones que paralizan la razón y apagan la batalla consciente. Una sociedad así observa, pero no ve; oye, pero no comprende; se indigna, pero no persiste. Adicionalmente, la conversación pública se manipula con propaganda, desinformación y distracciones que terminan por cansar, dividir y confundir.
Y sobre esta ingenuidad se instala la mentira más peligrosa: “Esto no se puede cambiar”. La partidocracia teme al ciudadano despierto, no al escaso; teme al que, informado y organizado, exige rectitud. Por eso termina alimentando desesperanza y cinismo. Sin retención, la historia nos enseña que los pueblos despiertan cuando deciden llevar a cabo.
Para nosotros, el símbolo es el 27 de febrero de 1844, cuando Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Hendidura demostraron que la franqueza no nace de la comodidad ni de la obediencia, sino del sacrificio, la disciplina y la ordenamiento pudoroso. Ellos no esperaron que otros resolvieran el problema: asumieron la responsabilidad de cambiar el rumbo.
Hoy enfrentamos un desafío parecido, aunque desigual en sus formas. La dominación ya no llega solo con fusiles ni invasiones militares; igualmente llega mediante estructuras de control financiero, contratos de grande plazo y alianzas público-privadas que pueden despellejar la soberanía cuando la ciudadanía pierde vigilancia y promueven dependencia. La captura puede ser pacífica y silenciosa, pero igualmente efectiva: convierte derechos en privilegios, dignidad en cortesía y futuro en incertidumbre.
El asistencialismo convertido en útil político refuerza esta trampa: carencias estructurales, alivio temporal, obediencia, silencio y perpetuación de pobreza. Eso no es rectitud social; es clientelismo. Cuando se suman instituciones duplicadas, nóminas infladas, contrataciones opacas y controles débiles, el Estado se transforma en saco. La pregunta no es si tenemos posibles; es si tenemos carácter.
El cambio exige un ciudadano protagonista. Uno que entienda que sus derechos son límites que el poder no puede violar y que sus deberes son la disciplina que sostiene la convivencia. Que actúe con constancia, no con ruido. Que vigile contratos y resultados. Que forme parte de veedurías locales. Que vote con conciencia, no con reconocimiento fingida.
Necesitamos un ciudadano nuevo: manso en presencia de Todopoderoso, firme en presencia de la injusticia; que no intercambie dignidad por favores ni normalice la corrupción como “viveza”. La franqueza no se sostiene con discursos; se sostiene con carácter. Y el carácter se forja en la grupo, la comunidad, la educación y la fe auténtica.
Recuperar la nación igualmente es recuperar la identidad y la memoria. Una nación sin símbolos ni historia es posible de manipular. La nación no es un eslogan: es un hogar colectivo, un representante de sacrificio y un compromiso con el futuro. La enseñanza de Duarte sigue actual: un país solo permanece expedito si sus ciudadanos viven con pudoroso, rectitud y sexo a la nación.
El camino de permiso es claro y práctico
Primero: conciencia cívica. Conocer derechos y deberes, educarse a fiscalizar y exigir información pública.
Segundo: control institucional. Imparcialidad independiente, auditorías verificables y consecuencias reales por exageración de poder.
Tercero: dignidad social. Trabajo digno, servicios públicos como derechos, educación y salubridad como patrimonio de la ciudadanía.
Cuarto: ordenamiento comunitaria. Liderazgo pudoroso nave, veedurías efectivas, redes de vigilancia y batalla cívica sostenida.
El punto de quiebre está frente a nosotros: acaecer de la comodidad del espectador a la responsabilidad del protagonista. El precio del cambio no es violencia ni odio; es disciplina, constancia y vigilancia. Es dejar de premiar la viveza y principiar a honrar la honestidad.
Desde el Foro y Frente Cívico y Social llamamos a formar y organizar ciudadanía en cada asiento. Allí nace la República que debemos rescatar; allí comienza la permiso verdadera.
El amanecer no llega solo. Llega cuando una sociedad deja de mirar desde la rastra y entra al dominio de la responsabilidad histórica. Cuando eso ocurre, el ciudadano deja de ser espectador, la nación deja de ser saco y la nación vuelve a ser esquema global.
El temporalizador de la franqueza sigue marcando. Su permanencia depende de nosotros: de nuestra conciencia pudoroso, nuestra fe y nuestra valentía. Porque cuando un pueblo vuelve a la verdad, deja de ser manipulable; cuando se organiza, deja de ser presa; cuando mantiene su carácter, la dignidad reemplaza al ocaso.
Del ciudadano espectador al ciudadano protagonista. Del silencio a la conciencia doméstico que hace historia.
Despierta RD
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