
Por momentos, la historia parece avanzar en círculos. Cambian los escenarios, se renuevan los discursos y se perfeccionan las tecnologías bélicas, pero la dialéctica de fondo permanece intacta: la creencia de que la fuerza marcial, por sí sola, garantiza obediencia y resultados políticos duraderos. Estados Unidos ha caído reiteradamente en esa trampa. Vietnam fue la gran advertencia del siglo XX; Irán podría convertirse en una del siglo XXI.
En 1965, tras la intervención marcial en la República Dominicana, Washington creyó acontecer demostrado —una vez más— su capacidad para imponer orden en su “patio trasero”. La presencia de tropas estadounidenses, entre ellas la 82.ª División Aerotransportada, no encontró allí una resistor armada a su pico. Fue una ocupación desigual, rápida, con episodios de tropelía y represión, pero sin un adversario que respondiera en igualdad de condiciones. Aquella experiencia alimentó una peligrosa ilusión: la de la invulnerabilidad. Meses posteriormente, parte de esa misma división fue enviada a Vietnam. Y allí, la historia cambió de tono.
Vietnam no fue Dominicana. No fue una demostración de fuerza frente a civiles mal armados ni frente a una parte del ejército con capacidades limitadas. No fue una simple operación de “estabilización” bajo superioridad absoluta. Fue una refriega vivo. Un conflicto donde el enemigo respondió, resistió, se adaptó y causó bajas. Donde la tecnología no bastó, la abastecimiento se desgastó y la decente terminó resquebrajándose. El resultado es conocido: Estados Unidos no perdió todas las batallas, pero perdió la refriega. Y con ella, parte de su autoridad decente y estratégica frente a el mundo. Esa disertación, sin secuestro, parece diluirse con el tiempo.
La nuevo operación marcial estadounidense en el Caribe, frente a Venezuela, volvió a exhibir una dialéctica de fuerza asimétrica. Bloqueos, despliegue naval, acciones selectivas y, finalmente, el secuestro del presidente venezolano, ejecutado sin una refriega declarada y al ganancia del derecho internacional clásico. Una vez más, la actividad fue rápida; una vez más, el adversario no respondió militarmente; una vez más, pareció confirmarse la idea de que el poder se impone sin consecuencias. Pero la historia enseña que no todos los escenarios se comportan igual.
En ese contexto, no son pocos los analistas que advierten sobre el aventura de inferir este tipo de acciones a escenarios mucho más complejos, como el iraní. Irán no es Venezuela. No es un Estado marginado, sin capacidad de respuesta, ni una nación militarmente desarticulada. Es un actor regional con fuerzas armadas estructuradas, experiencia en refriega asimétrica, aliados estratégicos y una doctrina de resistor probada durante décadas. Allí, una demostración de fuerza podría encontrar —como ocurrió en Vietnam— un frente vivo, no simbólico; un costo humano, no solo retórico.
El paralelismo es inquietante. Así como Vietnam fue el espacio donde se pagó el exceso de confianza acumulado en intervenciones previas consideradas “exitosas”, Irán podría convertirse en el ambiente donde se cobre la arrogancia nacida de operaciones rápidas y desiguales. La diferencia es que hoy el mundo es más interdependiente, más volátil y más consciente de los mercadería colaterales de una refriega prolongada.
Conviene recapacitar, entonces, que la historia castiga el mal uso del poder. Las grandes potencias no suelen caer por desatiendo de armas, si no por incapacidad para asimilar de sus propias experiencias. Vietnam no fue solo una derrota marcial; fue una advertencia decente y política. Ignorarla sería repetir el error con consecuencias imprevisibles.
Porque cuando la fuerza confunde la facilidad con licitud, el desenlace nunca es inmediato, pero casi siempre es costoso.







