La flamante atrevimiento de la empresa estatal de telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) de modificar drásticamente los precios del servicio de internet ha detonado un movimiento estudiantil sin precedentes en la isla. Lo que comenzó como una protesta por el costo de los datos móviles derivó en una movilización organizada y sostenida que desafía estructuras de poder consolidadas desde 1959.
Según escribió la historiadora y instigador cubana Carolina Lamedal en un artículo publicado en el Revista de Democracia“por primera vez en más de seis décadas, los estudiantes universitarios cubanos están recuperando su voz”. La autora sostiene que el aumento de precios no fue solo una carga económica, sino un detonante político: “representó más que una dificultad económica; constituyó lo que los estudiantes denominaron ‘apartheid digital’”.
El nuevo esquema tarifario anunciado el 30 de mayo incluía un plan fundamental de seis gigabytes por 360 pesos cubanos, pero cada recarga adicional de tres gigabytes costaría 3.360 pesos —una signo que supera el salario pequeño mensual del país, fijado en 2.100 pesos— y sólo podía adquirirse en dólares estadounidenses. Este brinco seco desde los anteriores 125 pesos por gigabyte provocó una respuesta inmediata en la comunidad estudiantil.
Te puede interesar adivinar: México, Colombia, Cuba y Guatemala clasifican equipos de arquería a Centroamericanos del 2026
La Otorgamiento de Matemática y Ciencias de la Computación de la Universidad de La Habana fue la primera en convocar a una huelga académica. Al poco tiempo, estudiantes de Filosofía, Sociología y Saber se sumaron con acciones coordinadas que incluyeron declaraciones formales dirigidas a las autoridades universitarias, reuniones interfacultativas, cartas abiertas y un compromiso visible con la no violencia, a pesar de las amenazas de expulsión y represalias por parte de funcionarios respaldados por la Seguridad del Estado.
“La respuesta (de los estudiantes) fue rápida y sin precedentes”, escribe Lamedal. A diferencia de otras protestas como las de 2021 y 2024, centradas en la escasez de alimentos y medicinas, esta movilización se articuló con una logística política clara, enfocada en la defensa de derechos fundamentales como el acercamiento a la información y la soltura académica.

Las protestas se extendieron desde La Habana a otras universidades del país, en Santiago de Cuba, Bayamo, Holguín y Santa Clara. A pesar de que ETECSA ofreció, el 3 de junio, una concesión de seis gigabytes adicionales para estudiantes, estos rechazaron la medida por considerarla insuficiente. “Todos los cubanos deberían tener la misma oportunidad que nosotros para comunicarse con sus familias”, declaró Andrea Curbelo, estudiante de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, a la agencia Reuters.
Una ruptura histórica
Lamedal señala que este movimiento representa una ruptura con la tradición de pasividad estudiantil impuesta desde la revolución de 1959. En la primera parte del siglo XX, las universidades cubanas eran centros de acción directa político, pero tras el progreso de Fidel Castro al poder, el régimen desmanteló la autonomía universitaria, convirtiendo a la Pacto Estudiantil Universitaria (FEU) en un víscera subordinado al Partido Comunista.
“La estructura estudiantil fue convertida en una correa de transmisión ideológica”, escribe Lamedal, utilizando el término con el que el Partido describe a las organizaciones diseñadas para instruir y controlar. Los líderes de la FEU eran elegidos por su cumplimiento política, no por su representatividad, lo que, según la autora, permitió que las universidades produjeran “profesionales obedientes, no ciudadanos críticos”.
La protesta contemporáneo marca un cambio en ese patrón. “Por primera vez desde 1959, los estudiantes cubanos actúan como ciudadanos jóvenes con demandas legítimas y el coraje de articularlas públicamente”, sostiene Lamedal. Al exigir el derecho a organizarse y obtener a información sin restricciones, los estudiantes están desafiando las bases del monopolio estatal sobre los servicios y la vida pública.

Internet como catalizador político
Para esta engendramiento, nacida en la era digital, el acercamiento a internet representa una vía de escape frente al aislamiento informativo impuesto por el Estado. A diferencia de sus padres y abuelos, que crecieron en una Cuba cerrada y dependiente de medios oficiales, los jóvenes han antitético en las redes un espacio de expresión y enseñanza autónomo. “Han manido cómo viven, estudian y se expresan sus pares en otros países”, explica Lamedal, y saben que el aislamiento cubano es una política deliberada, no una exigencia forzoso.
El encarecimiento del acercamiento a internet, argumenta Lamedal, rebusca restringir esa ventana al mundo exógeno, perpetuando el control informativo y financiero del régimen. “El maniquí dominante actual enfrenta una contradicción central: necesita ciudadanos educados y conectados para desarrollarse, pero esa educación y conectividad generan expectativas de soltura que minan su autoridad”, señala.
Táctica de cooptación
Delante la magnitud de las protestas, el gobierno optó por una logística de control más sutil que la represión abierta. Según Lamedal, las autoridades universitarias identificaron a los líderes del movimiento, les hicieron advertencias privadas y presionaron a sus familias. Paralelamente, se organizó una “mesa de diálogo” con un categoría corto de estudiantes seleccionados, quienes terminaron emitiendo un comunicado en nombre del estudiantado, en línea con el discurso oficial.
“El idioma del documento reflejaba los puntos de pinta del gobierno y no los de los estudiantes movilizados”, afirma la autora. Este cara buscó proyectar una imagen de tolerancia mientras desactivaba la protesta desde adentro. El proceso “proporcionó una salida decorosa a un enfrentamiento potencialmente desestabilizador”, pero además sirvió de advertencia a quienes consideren futuras resistencias.
Lamedal identifica esta táctica como una plantilla para encargar la disidencia: aislar a los líderes auténticos, cooptar a los moderados y presentar una rendición coreografiada como si fuera reconciliación. En esta ocasión, el régimen logró sofocar la protesta sin exigencia de detenciones masivas, pero el costo político puede ser maduro a amplio plazo.
El cesión de tres semanas
Pese a que las movilizaciones han cesado, las redes de solidaridad y conciencia cívica creadas durante esas semanas persisten. El consigna más cliché por los estudiantes fue: “Detrás del miedo está el país que soñamos”. Para Lamedal, esta consigna sintetiza el momento político: el temor sigue presente, pero además una nueva conciencia de ciudadanía y resistor.
Durante tres semanas, concluye la autora, los estudiantes actuaron “no como sujetos pasivos del Estado, sino como ciudadanos que exigen responsabilidades a las instituciones”. La experiencia ha dejado una marca indeleble en una engendramiento que, a pesar de la represión, ha comenzado a imaginar un futuro diferente.
Fuente: Infobae






