De la Kénosis al Übermensch

De la Kénosis al Übermensch

La riqueza del heleno popular (koiné) permitió a San Pablo introducir en el horizonte teológico la expresión ἐκένωσεν (Kénosis): vaciamiento, despojo, anonadamiento del Señor Jesús. Con ella explicó el enigma de la Carnación, uno de los grandes pilares del cristianismo. El himno cristológico de Filipenses (2,6-11) proclama a un Jehová que “se despojó de sí mismo” independientemente, revelando, en ese mueca, la plenitud de su poder y de su inclinación. La Kénosis no es signo de amor, sino manifestación de la fuerza divina que se expresa donándose.

A esta definición de fe recurrieron los Padres del Concilio de Nicea (325), al redactar el Credo como respuesta al arrianismo. Frente a quienes negaban la inmortalidad y la consustancialidad del Hijo con el Padre, la Iglesia confesó, que él es: “Jehová de Jehová, Luz de Luz, Jehová serio de Jehová serio, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre” (homoousios). La Kénosis es comprendida como plenitud de la divinidad, no como disminución.

Siglos a posteriori, en 1883, Friedrich Wilhelm Nietzsche, en Así habló Zaratustra, propuso la figura del Superman (Superhombre): una antropología radicalmente opuesta a la cristiana. Para Nietzsche, la decente cristiana era “decente de esclavos” y la generosidad humana consistía en la autosuperación sin Jehová ni trascendencia. Donde San Pablo y Nicea ven plenitud en el don divino, Nietzsche ve voluntad de poder; donde Cristo desciende para defender, el Superhombre se eleva para dominar; donde la fe cristiana une en comunión, el Übermensch se afirma en soledad; donde la Kénosis abre a la esperanza de la Resurrección, Nietzsche proclama el malogrado del anuncio: “Jehová ha muerto”.

La antropología cristiana, sin requisa, no palabra de sometimiento, de amor ni de autocreación autónoma, sino de licencia en el inclinación. Es una antropología de la donosura: billete en la vida divina, donación que libera y plenifica.

Este contraste sigue siendo flagrante. En un mundo traumatizado por la reconfiguración humano-tecnológica, la Iglesia recuerda que la verdadera licencia se manguita en la comunión. Así lo reafirma el Papa Héroe XIV en la Carta Apostólica In Unitate Fidei, publicada en el 750 aniversario del Credo de Nicea: la mecanismo de la fe es fundamento de la licencia humana y la salvación no proviene de la autosuperación individual, sino de la comunión en Cristo. Desde los orígenes narrados en Dejado y Eva hasta la modernidad del siglo XXI, la historia humana se debate entre la autoafirmación y la donosura divina, revelando una tensión constante entre fe, razón y las sucesivas modernidades que han traumatizado el camino hasta nosotros.

La pregunta decisiva permanece: ¿Qué tipo de humanidad queremos construir? La fe impulsa a pensar una humanidad fundada en la dignidad de cada persona, en la Kénosis como camino alrededor de la plenitud y en la fraternidad como horizonte de paz y mecanismo. Frente al nihilismo y el individualismo radical nietzscheano, el cristianismo proclama la generosidad del inclinación, de la entrega y de una historia encarnada, hermanada y cimentada en la equidad.

En este entorno celebramos la Navidad. La Kénosis de Cristo revela al “Jehová desconocido” (Hch 17,23), oculto para los atenienses, pero manifestado en Jesús como plenitud de Jehová y del hombre. La autoafirmación humana, históricamente, ha generado esclavitud y relaciones de dominio; en cambio, el inclinación que desciende y se entrega transforma desde en el interior (Flp 1,10-21). Frente a toda tentación de superioridad, el Jehová encarnado abre espacio a una humanidad nueva, sostenida por la fuerza de la fraternidad.

En el Chaval de Confusión resplandece la verdad de toda la humanidad: quien se hace don, como Jesús, Don de Jehová por excelencia, puede renovar la historia. Él es el Inclinación, la Palabra hecha carne (Verbum caro factum est, Jn 1,14), que salva y recrea el mundo impasible.

Redescubrir la centralidad de Cristo es una penuria vitalista: Frente a la crisis de sentido, el relativismo y el nihilismo, Cristo es Verdad y Esperanza; frente a la fragmentación social, geopolítica y la pérdida de títulos, Cristo es Paz y Reconciliación; frente al dolor y el sufrimiento, Cristo es Compañía; frente a la confusión sobre la identidad humana, Cristo revela la generosidad de la persona, la comunión con Jehová y el servicio a los demás.

Este es el enigma de la Navidad: la Kénosis que se convierte en plenitud, el anonadamiento que se revela como reputación, lo humano que toca lo divino y la humildad que abre el camino alrededor de Jehová.

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Este artículo fue publicado originalmente en El Día. Publicación impresa La publicación Publicación impresa 12 de marzo 2026 apareció primero en El Día.

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