LA AUTORA es periodista. Reside en Santo Domingo.
Como si de impresión, todo lo añoso ha pasado, la masa actúa en víspera de año nuevo y pocos días a posteriori con otros aires, la aire es distinta y una sabrosura, un optimismo invade al colectivo.
Claro que hay excepciones y a unos les es indiferente el cambio de término que regirá por doce meses y a otros, el jolgorio rodeando no les costal del agobio que los arrastra a un barranco, insondable o no.
Al contrario, la época navideña, cada vez más larga, aumenta en muchos la depresión, el estancamiento y la ansiedad, esa desesperación que invade de punta a raíz, a veces sin causas identificadas.
Mas, los que sí gozan de este cambio, lo viven con sus referencias, cada actividad previa, día por día disfrutan cada detalle que lo rodea y que con la incesante imaginación humana, son cada vez más y así cada Navidad trae ingredientes anexos a la antecedente.
Al acercarse el final de año, entonces queda afianzada la expectativa, el anhelo, la esperanza de que lo vendrá, obvio para acertadamente. Por eso las celebraciones, con mucha comida y pimple incluidos, la rumba hasta el amanezca y el descontrol del consumismo.
Para a los pocos días retornar al ritmo habitual, a escribir como cotidiana la término que al principio era difícil contraer, por la costumbre de estar un año completo con la pasada.
Así volvemos a la normalidad, a la rutina de comportarse en un diario trajinar que para tantos es el mismo círculo esclavista.
jpm-am
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