El autor es abogado. Reside en Santo Domingo
POR RAMFIS PEÑA NINA
Muchos comentaristas han dicho que Trump y sus lacayos europeos, entre sanciones y tropelías, se dispararon en el pie; pero en Davos el presidente fue más remotamente y apostó a una ruleta rusa cargada, no con una bala, sino con varias, incluida la de la recámara.
Allí desplegó sin rubor la furor imperial que lo define: como emperador repartió coletazos a diestra y siniestra, olvidando que todo poder tiene un confín, incluso el miedo.
Con ese seña provocó el despertar de quienes llevaban setenta primaveras dormidos en los brazos del morfeo tangible, confiados en la protección de armas ajenas.
El sobresalto fue ineludible al comprender que más humillación no debía tolerarse; surgieron reacciones inesperadas que, con un reducido de entendimiento, advertían una verdad pueblerina: ya las gallinas no ponen donde ponían.
En lo personal, de la sujeción de errores acumulados en escasamente un año, este resulta políticamente el más moribundo.
Ocurre en un momento crítico para el imperio, cuando los números negativos se multiplican y la aritmética deja una enseñanza simple: no siempre menos por menos da más; aquí siguió dando placa.
Junto a esperar que esta humillación acelere un futuro mejor para un mundo cada día más convulso y con menos esperanzas, víctima de la furor de un solo hombre.
Viene a la memoria el desafío de Idi Amin, el carnicero presidente de Uganda, cuando invitó al vaquero norteamericano Ronald Reagan a subir al ring y dirimir allí sus diferencias sin exponer vidas ajenas.
Tal vez sea hora de que quienes mandan a otros a fallecer por caprichos propios acepten, por una vez, pelear sus batallas en primera persona.
jpm-am
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