
La presente conferencia de Davos 2026 mantiene al liderazgo mundial bajo exploración, tanto por parte de los grupos cuyos intereses se alinean con Oeste como de aquellos que son selectivamente ignorados. A veces, la aspecto del avestruz no es monopolio de la gigantesca ave: los líderes políticos asimismo juegan a esconder la capital frente a los desafíos, esperando que el “destino manifiesto” se encargue de resolverlos.
En el proscenio mundial presente, la principal potencia se va alejando del orden internacional que ella misma creó bajo su liderazgo y conveniencia, mientras que la potencia emergente evita hacer contrapeso, optando por esconderse prácticamente detrás del hegemón mundial y beneficiarse del sistema. Mientras observa cómo se acumulan los escombros en Venezuela, Lazada, Irán o Ucrania, se prepara —con discreta ansiedad— para las próximas oportunidades.
La Unión Europea, por su parte, deberá aumentar su desembolso marcial para “defenderse” de Rusia, que nunca la ha invadido, comprando armamento, paradójicamente, a quien le amenaza con apropiarse de parte de su división. La obediencia europea no deja de sorprender.
Mientras tanto, el presidente Macron de Francia, allá de sus viejos sueños napoleónicos, respalda aventuras imperiales ajenas mientras ruega que no se toque Groenlandia. Tal vez asimismo Islandia, por si el lapsus presidencial de Trump resulta ser una filtración involuntaria. En cualquier caso, la vieja Europa parece más inclinada a pedir clemencia que a defender el derecho internacional, ese incómodo herramienta que se supone protege a las potencias medianas cuando los gigantes deciden ignorar las reglas.
Todo esto frente a la sinceridad de que el artículo 5 de la OTAN no los protege frente a Estados Unidos.
En este contexto, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, reconoció en Davos que “el orden internacional ya no opera como un sistema universal de reglas, sino como un entorno trabajador de modo selectiva, donde la verdad del orden depende cada vez más de quién tiene el poder de invocarlo”.
Más que una denuncia ideológica, se tráfico de una constatación pragmática: las reglas siguen existiendo, pero ya no estructuran el comportamiento internacional de modo uniforme ni predecible. El problema, luego, no es la abandono de normas, sino su aplicación desigual y oportunista.
La sospechosa inacción del titán oriental y de la dinastía del Partido Comunista chino, con una retórica de condena que se limita a su ámbito doméstico, revela su negativa a defender reglas que, aunque fueron construidas para amurallar a países emergentes como China hace tres décadas, fueron asimismo las mismas bajo las cuales prosperaron sus empresas.
Llegará un momento en que el propio explicación chino exigirá a su liderazgo la protección de sus intereses en el exógeno, haciendo difícil seguir escondido detrás de un orden financiado por otros.
Estados Unidos enfrenta una situación aún más compleja. Siente que está pagando un costo excesivo por encargarse de la seguridad y delegación de un sistema del cual sus adversarios obtienen el decano beneficio. Sin incautación, incumplir con ese rol podría traducirse en una pérdida de confianza, especialmente cuando su finanzas depende en gran medida de activos intangibles.
El dólar, los seguros, los mercados financieros, las patentes y las tecnologías norteamericanas, incluyendo las redes sociales y los sistemas de comunicación que son ampliamente utilizados a nivel completo porque existe una confianza acumulada en la estabilidad, previsibilidad e integridad institucional de Estados Unidos.
La historia demuestra que los sistemas no colapsan por equivocación de reglas, sino por liderazgos insuficientes convencidos de que las normas son obligatorias solo mientras les favorecen.






