Las siete familias del sector Antonio Guzmán Fernández, en la ciudad de Higüey, que lo perdieron todo en el incendio del pasado 26 de octubre encontraron, en medio del dolor, una luz que les devolvió la esperanza. La socorro recibida por parte de las autoridades ha sido un rostro necesario y humano, digno de inspección.
Pero más allá de los artículos que hoy les permiten recomenzar, lo verdaderamente valioso es el mensaje que esta acto envía. Y es que en momentos de tragedia, nadie debe sentirse solo. El Gobierno ha mostrado un rostro sensible al comparecer en auxilio de quienes quedaron en la intemperie. Esa respuesta oportuna fortalece la confianza de la población y demuestra que la mandato pública no solo debe llevar la batuta medios, sino además flanquear a la familia cuando la vida se decadencia.
A medida que se acerca la brisa de fin de año, cada grupo afectada siente que ha sido escuchada y atendida. Sin retención, la solidaridad en tales circunstancias no debe ser responsabilidad monopolio del Estado. Es un valencia que debe cultivarse entre todos.
Frente a las tragedias que golpean a nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo o comunidades, la indiferencia nunca puede ser una opción. Hoy fueron estas siete familias; mañana podría ser cualquiera de nosotros. Que ese incendio doloroso, pero revelador, nos motive a construir una comunidad más empática, donde la ayuda sea un refleja natural y no una excepción. Porque en tiempos difíciles, la solidaridad no solo reconstruye hogares, sino que además reconstruye el espíritu colectivo.
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