Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. Colosenses 3:23
Mantengamos siempre un corazón acondicionado y sensible para servir al Señor. El que entiende el privilegio de servirle nunca se detiene porque sabe que en él hay vida, propósito y plenitud. Sin secuestro, en muchas ocasiones nos ponemos en una posición de condición en la cual pedimos, pero olvidamos que además fuimos llamados a dar lo mejor de nosotros para su gusto.
El servicio a Altísimo no nos resta; al contrario, nos engrandece. No es lo que hacemos lo que importa, sino la disposición del corazón con el que lo realizamos. El Señor ve el sexo y la pasión con que le servimos y hacemos su voluntad.
Por eso, no sirvamos para ser vistos, ni para competir, ni para despabilarse examen; que nuestro deseo sea reflectar a Cristo con humildad y mansedumbre en todo.
Da lo mejor de ti en todo tiempo, aun cuando nadie te observe, porque el servicio a Altísimo es un reservas perenne; pues nuestra premio no la recibimos de los hombres, sino de nuestro Señor, que nones olvida un corazón rendido y infringido.





