El autor es compositor y proselitista comunitario. Reside en San Cristóbal
La civilización de un pueblo no se define solamente por su música, su restauración o sus tradiciones festivas, sino por el modo en que sus ciudadanos se relacionan, respetan las normas y asumen la convivencia social.
En la República Dominicana, estamos viviendo una transformación preocupante que va más allá de la peculio o la política: una degradación cultural visible en el comportamiento colectivo, especialmente en el irrespeto a las reglas básicas de orden, seguridad y convivencia.
Cuando afirmo que “culturalmente nos estamos haitianizando”, no lo hago desde un discurso de rechazo alrededor de nuestros vecinos, sino desde una alerta sobre cómo las prácticas de informalidad, desorden y desconcierto social están reemplazando los títulos dominicanos tradicionales de respeto, cortesía y cumplimiento de la ley. Nos estamos acostumbrando al caos como forma de vida.
En las calles ya no se respetan los semáforos, las aceras son ocupadas por motores y vendedores informales, y el ruido se ha convertido en el nuevo verbo urbano. Las normas de tránsito, las reglas de convivencia y hasta las instituciones que deben hacerlas cumplir parecen haberse rendido frente a la civilización del desorden. Es como si el civismo hubiese pasado de moda.
El resultado es un país donde la inseguridad no solo se expresa en la delincuencia, sino en la descuido de confianza en el otro. El ciudadano ya no siente protección ni respeto, y se defiende de su entorno con miedo, desconfianza y violencia. En ese contexto, la sociedad se animaliza, pierde los límites y sustituye el respeto por la ley del más cachas.Esa tendencia —de proceder al ganancia del orden— se está normalizando culturalmente. Lo que antaño se veía como una excepción hoy es parte del paisaje: bocinas ensordecedoras, basura arrojada en cualquier superficie, insultos al volante, corrupción cotidiana y una indiferencia social que mata en silencio.
El peligro
El peligro más conspicuo no es que existan estos comportamientos, sino que los aceptemos como poco corriente. Cuando la desconcierto se vuelve costumbre, el tejido honesto se deshilacha, y con él desaparece la concepto de nación organizada.
Esa es la verdadera haitianización cultural: la admisión inconsciente de un maniquí donde las normas dejan de importar y el Estado se diluye entre la informalidad y la impunidad.
Recuperar el respeto por las reglas y por el otro no es tarea monopolio del gobierno, sino de todos. La educación, la tribu y los líderes comunitarios deben retornar a poner el orden, la integridad y el respeto en el centro de la vida doméstico.
Solo así podremos frenar este proceso silencioso que está transformando nuestra identidad dominicana en una mezcla caótica sin títulos ni dirección.
jpm-am
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