Con el obstrucción de cada año, enero suele presentarse como un punto de inflexión. Durante semanas, compromisos y obligaciones quedan pospuestos bajo la promesa de que serán atendidos “cuando entre el año”. Sin requisa, una vez iniciado enero, esa expectativa choca con una efectividad recurrente: el impacto financiero que dejan los gastos concentrados de diciembre.
Las festividades de fin de año generan un aumento significativo del consumo, lo que impulsa las ventas, pero todavía agota inventarios. En consecuencia, el comercio se ve obligado a reponer mercancías en los primeros meses del año. Cedido que una parte importante de los productos que se comercializan en el país es importada, la reposición implica una viejo demanda de divisas, particularmente dólares. Ese aumento en la demanda cambiaria suele reflejarse en presiones sobre la tasa de cambio durante el inicio del año, con pertenencias directos sobre los precios.
No solo se encarecen los fondos importados, sino que ese incremento termina trasladándose a otros productos y servicios. A este proscenio financiero se suma otro componente que, año tras año, acompaña el obstrucción y manifestación del calendario: el saldo social que dejan los días festivos. Los reportes de accidentes de tránsito, hechos violentos y uso indebido de armas de fuego vuelven a habitar espacio en la dietario pública, dejando pérdidas humanas irreparables y familias afectadas.
Sin requisa, los nociones asociados al consumo de pimple y sustancias, así como a la conducta individual y colectiva, continúan formando parte del contexto que rodea estos sucesos y que merece atención permanente. Enero, más que un nuevo manifestación simbólico, se convierte así en un mes de ajustes. Ajustes económicos derivados del consumo previo, ajustes financieros por la reposición de inventarios y ajustes sociales frente a las consecuencias acumuladas del período festivo.
![]()






