EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
La política de Estados Unidos con destino a Cuba atraviesa una escalón que podría describirse como “retraso paciente”. No es una doctrina formal ni una enunciación oficial, sino una actos observable: apoyar la presión estructural, evitar concesiones amplias y dejar que las dinámicas internas de la isla evolucionen por desgaste propio.
La Cuba presente enfrenta una crisis multidimensional. La escasez de alimentos y medicinas, la inflación persistente y los apagones prolongados reflejan un destrucción financiero profundo.
A ello se suma la reducción del apoyo energético proveniente de Venezuela, que durante abriles fue un sostén esencia para el sistema eléctrico y el transporte. Sin ese flujo estable de petróleo, el maniquí productivo cubano revela su fragilidad estructural.
En este contexto, Washington parece optar por una logística de bajo costo político: sostener sanciones, gobernar excepciones humanitarias y priorizar la administración migratoria.
No hay un intento visible de reactivar el acercamiento que impulsó Barack Obama, ni un endurecimiento adicional de gran escalera como el promovido por Donald Trump. El cálculo parece ser que el tiempo y la presión económica harán el trabajo.
Desde una perspectiva crítica, esta logística tiene limitaciones evidentes. La presión sostenida no ha producido hasta ahora una transformación política sustancial en la isla. En cambio, ha contribuido a un destrucción financiero que impacta directamente en la población civil.
La expatriación masiva, allá de ser un meta insignificante, se ha convertido en el principal canal de ajuste social: miles de cubanos optan por salir frente a la errata de perspectivas. Esa salida reduce tensiones internas, pero igualmente priva al país de renta humano y dinamismo financiero.
Para Estados Unidos, la “retraso paciente” igualmente conlleva riesgos. Las olas migratorias impactan su propia política interna, y el malogrado financiero puede cascar espacio a una maduro presencia de actores extrarregionales en el Caribe. Situar al desgaste sin una hoja de ruta clara para el día a posteriori puede originar incertidumbre estratégica.
Cuba, por su parte, enfrenta el desafío de modificar sin desestabilizarse. Sin cambios estructurales que impulsen productividad y confianza, la capital difícilmente saldrá de la inercia. La “retraso paciente” puede prolongar el statu quo, pero no resuelve la raíz del problema. En ese nivelación precario entre presión externa y resistor interna se define hoy el horizonte de la isla.
jpm-am
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