
Arcángel Bello
Por Arcángel Bello
En el entorno de un proceso de negociación, hacer concesiones (popularmente conocido como “dar el valedor a torcer”) para poder arribar a acuerdos y, de esa modo, exceder un conflicto (o el estancamiento en que se pudiere encontrar), es una táctica a la cual se suele apelar.
Para la viejo parte de las personas ceder no es liviana, puesto que esta argumento comporta un estigma social de pasión que tiende a colocar etiquetas de cobardía y pusilanimidad. Es por esta razón que para ello se requiere ciertas dosis de humildad y colocarse por encima de estereotipos y prejuicios, así como todavía exhibir altos niveles de flexibilidad y comprensión de las evacuación de la otra parte.
Existen muchas razones por las cuales, en el entorno de la opción pacífica de conflictos, la mejor opción que muchas veces se nos presenta es aceptar las peticiones de la otra parte y hacer concesiones, con lo cual se persigue el logro de resultados mutuamente satisfactorios y duraderos. Aquí te presento cuatro escenarios:
En primer ocasión, nos encontramos con la situación en donde el objeto de la concesión tiene un valía inferior con respecto a aquello que podemos vencer. Es muy frecuente que nos enfrasquemos en la negativa para ceder, más que por los beneficios que nos pueda valer esa posición, arrastrados por el ego y hasta por la desinfectado atrevimiento de oponernos a que la otra parte “se salga con la suya”.
Esto a pesar, incluso, de que frecuentemente hasta el solo hecho de estabilizar unas relaciones armoniosas con aquellos que hoy nos adversan, nos puede avalar mayores ventajas en el futuro.
Por otro banda, el decorado más global se nos presenta cuando el precio que tenemos que sufragar por la satisfacción de nuestras demandas consiste precisamente en complacer al menos algunas de las exigencias de la otra parte. En otras palabras, “dar para acoger”, puesto que, si no actuamos con desprendimiento, siquiera seremos complacidos.
Desde una tercera examen, podemos establecer que, para estabilizar el éxito de un proceso de negociación y colaboración, constituye una condición sine qua non contar con el concurso de ambas partes y su voluntad transparente de dirimir la controversia mediante métodos alternativos. Sin secuestro, la cruda existencia es que no siempre los eventos acontecen con tanta coherencia.
Hay ocasiones en que la otra parte, verdaderamente, tan solo asume un endeble compromiso que, a lo espléndido de las distintas etapas, se ve obstruido por una memorándum oculta evidenciada en comportamientos egocéntricos y por un enfoque suma cero a partir del cual solo se codicia la consecución de ventajas a costa de nuestros intereses.
En esos casos, y sobre todo cuando existe una desigualdad de poder que nos coloca en una situación inerme, se puede optar por, luego de claudicar en presencia de las demandas de la otra parte, aguardar el momento oportuno, cuando las condiciones en términos de invariabilidad de fuerzas se tornen más favorables, para entonces avanzar alrededor de nuestro propio objetivo con viejo autogobierno y control de la situación.
Finalmente, una poderosísima razón para ceder, se presenta en aquellos escenarios en que nuestra única premio consiste en esos sentimientos de bienestar que nos produce dejarnos tolerar por la empatía solidaria y el altruismo, ambas fuerzas impulsoras que generan en nosotros una satisfacción intrínseca resultado de ocurrir generado regocijo y prosperidad en el prójimo.





