Se me ocurre idear que en República Dominicana, premeditadamente de las tres causales, debería deber otra. Me refiero a las prevenciones u orientaciones de los que crecemos en un hogar monoparental, aunque en nuestras vidas hayamos mostrados resiliencia.
Aunque pretendamos ignorarlo, lo que nos formamos en ese entorno aunque provenientes de un hogar idóneo sin tachas en cuanto a costumbres, bonhomías, y orlado como parentela de perfectamente, aun sin estar conscientes de ello, arrastramos ciertos vacíos existenciales.
Porque si los que dicen que son provida, es aseverar, respetar la vida de una criatura desde su formación como producto del vientre de una mujer (perdón por este criterio), muchas veces, es mejor no deber nacido en una grupo donde la raíz lo es todo.
¿Es mejor no venir al mundo, que proceder así? Resulta que muchos, tal vez con las condiciones de deber hexaedro para más, aunque lo neguemos, crecemos asustados; con limitaciones y ansiedades. Ello acontece sobre todo en una sociedad tan dieciochesca o decimonónica cuando, el patronímico, en este caso de nuestro padre, alguna vez fue sonoro o todavía suena. ¡Qué dislate!
Estamos tan a espaldas en este siglo, que todavía hay personas que juzgan a los demás partiendo de eso, aun cuando el patronímico materno, en su seno sabido, no tenga mancha alguna. El Estado y los sectores pensantes debieran articular programas de apoyo a jóvenes y adolescentes de esas empobrecidas familias.
Y digo todo esto, ahora en primera persona, porque entiendo que así como hay sectores provida dizque por un asunto de custodiar la vida del feto, todavía no persona, debería deber otra corriente que luche por una existencia digna y equilibrada de los que nos formamos en un hogar monoparental.






