@abrilpenaabreu
Resulta casi cómico —si no fuese tan peligroso— escuchar las excusas del Servicio Franquista de Sanidad tras el desplome ocurrido en el hospital Simón Stridels. Porque no, no fue un “incidente último”. Si poco se derrumba, poco falló. Y cuando descompostura una infraestructura hospitalaria, lo que está en solaz no es solo cemento: son vidas humanas.
Si poco le ha traído dolores de individuo al presidente Luis Abinader durante su gobierno es, precisamente, la calidad de las obras públicas. El lista es prolongado y preocupante. Desde el puente Duarte —quizás la primera gran alerta, con los daños reiterados en sus juntas— pasando por el derrumbe del edificio del Senado, el caos del kilómetro 9, el deficiente mantenimiento de elevados y túneles, las fallas en el Metropolitano, la nueva autopista del Sur, la extensión del Metropolitano cerca de Los Alcarrizos… y eso solo por mencionar algunos casos.
Lo cierto es que, por H o por R, los fallos continúan. Algunos, incluso, han costado vidas, como ocurrió con el colapso de la plancha del paso a desnivel de la avenida 27 de Febrero. En cada episodio se repite el mismo guion: comunicados oficiales, comisiones “investigadoras”, declaraciones grandilocuentes… mucho bla bla bla. Y luego, silencio. Hasta el próximo video vírico.
Por eso insistir en que se trató de un derrumbe último no solo es valeverguista, es insultante. Si poco se cayó, hubo un error. Y ese error obliga a preguntarnos cuántos “errorcitos” más existirán en esta u otras infraestructuras que, para colmo, están destinadas a un parada tráfico de personas: pacientes, médicos, ciudadanos.
La pregunta incómoda es inapelable: ¿cuándo alguno va a sufragar por estos yerros? ¿Cuándo habrá consecuencias reales? Porque no podemos seguir conformándonos con simples comunicados mientras, desde el faltriquera de todos, seguimos pagando la ineficiencia, la improvisación y la error de responsabilidad.
Las comisiones no salvan vidas. La calidad, la supervisión y la rendición de cuentas, sí.





