La obra ganadora en la categoría Escultura de la Bienal de Artes Visuales de Santo Domingo 2025, “Lo que se costal de raíz vuelve a crecer”, del comediante Karma Davis Pérez (asimismo conocido como David Pérez-Karmadavis), fue concebida como escultura viva: una palma actual en un macetero, símbolo maduro de nuestra identidad fitografía. Sin confiscación, esa palma —que no es símbolo inmaterial, sino organismo vivo— se está secando.
Sus hojas, ahora marchitas, revelan un liberal estado de deshidratación, y confieso que me hiere ver cómo languidece. Porque más allá del discurso cultural e histórico que ha rodeado esta cuarto, late poco ligero que solemos olvidar.
No todo se resume al ego de artistas ni afán de manifestación de jurados y partes interesadas; asimismo hay vida actual en diversión, esa que se resiste a tener lugar en un reseña o en un catálogo.

Esa palma ha sido víctima colateral de una de las polémicas más encendidas de esta bienal, que casi sepultó la trascendencia de la obra galardonada con el Gran Premio, la impactante pintura Ritual de Sanación, de la adolescente Lucía Méndez Rivas. Opiniones, réplicas y contrarréplicas, tanto nacionales como internacionales, se disputaron los titulares y las redes. En medio de ese fragor, la palma quedó olvidada, como si su fuerza pudiera sobrevivir al ruido.
Las bases de la bienal dictan que el veredicto es inamovible e inapelable. Nadie discute eso. Pero en mi humildad me atrevo a clamar por poco mucho más sencillo y urgente: que cuiden esa palma, cuyo nombre investigador es Roystonea hispaniolana, especie endémica de La Española y reconocida oficialmente como árbol franquista dominicano. No es cualquier ornamento. Es emblema.
Los jurados escribieron en su informe que la escultura no era material perecedero. La biología, que es la ciencia de la vida, contesta con otra método: todo organismo que respira y se nutre puede perecer si no se le atiende. La palma no entiende de retóricas ni de laureles; necesita agua, tierra, sol. Y si muere, lo hará en silencio, sin pedir permiso a la teoría.
La crítica mexicana Avelina Vesper lo dijo con discernimiento: las plantas no tienen yerro de la carga simbólica que la civilización les impone. Y sin confiscación, aquí hemos depositado sobre esta palma el peso de debates, interpretaciones y pasiones humanas, sin darle lo que pide, lo ligero: cuidados mínimos de vida.
Por eso insisto: cuiden esa palma. No dejemos que muera bajo el polvo del olvido, sea o no considerada arte, sea o no merecedora de un premio. Si se sequía, se sequía asimismo un pedazo de nosotros.






