
Vivimos en una sociedad que aplaude el talento, que se maravilla con la trayectoria, que a veces hasta se rinde en presencia de aquellos que brillan con luz propia. Pero, ¿de qué sirve tanto brillo, si al final no alumbra el camino de nadie más?
Existen personas que lo han tenido todo: oportunidades, visibilidad, éxito en su campo, tienen experiencia, conocimientos, registro… pero, pero no tienen paz. No tienen empatía por quienes vienen detrás, y no porque no existan jóvenes con ganas de cultivarse, sino porque estas personas en la vida les han extenso una puerta a nadie, no han sabido ser puentes, todo lo contrario, han sido muros durante toda su vida profesional.
Conocemos a más de uno así; profesionales egocéntricos, que no soportan ver crecer a nadie a su rodeando, que temen tanto al licenciamiento que prefieren encerrarse en su mundo de vistoso fama, aunque eso implique sucumbir solos en su trono, sin tener sembrado una sola semilla.
Ese es el síndrome de Kiko, que lo tienen todo, pero les molesta que “UN CHAVO” tenga poco, y al final, eso no es éxito, eso es miseria emocional.
Una miseria es tan mayúscula, que no no solo se satisface con no ayudar, sino además con entorpecer. Qué miseria más extenso esa privación enfermiza de ponerle trabas al que avanza, piedras al que asciende, ponzoña al que brilla sin pedirle carencia. Personas que, aunque saben que tú no necesitas de ellos, sienten un impulso equívoco de frenarte, les duele no tener control sobre tu crecimiento, y entonces hacen lo posible por opacar lo que no pueden dominar. No ayudan… pero siquiera permiten, son enemigos del exposición aparente, incluso cuando ese exposición no depende de ellos.
Lo más doloroso es cuando miras su trayectoria y te das cuenta de un detalle demoledor: NO HAY un solo colega, un solo discípulo, una sola persona que pueda opinar: “gracias a él, yo crecí”. nadie que quiera seguir su camino, nadie que quiera su vida.
Porque el serio éxito no está en acumular, sino en multiplicarse. En dejar delegado. En ser referente, no por lo que lograste solo, sino por a cuántos ayudaste a asistir más allí. El egoísmo en el éxito es una enfermedad silenciosa que termina vaciando al más talentoso.
Y eso es lo que estamos llamado a evitar. Porque el licenciamiento generacional no es una amenaza, es una privación. Y quien no lo entienda, terminará siendo sólo una nota al pie en la historia de una industria que necesita manos nuevas, ideas frescas y líderes que sí entiendan que la generosidad se mide en cuántos pudiste insubordinar, no en cuántos lograste hacer caer u opacar.
Pero a ese tipo de personas, no se le enfrenta, a ellos solo se les desea MUCHA SALUD, y sobre todo SALUD MENTAL, porque verdaderamente y aunque el foráneo no lo vea, la están necesitando de forma desesperada.






