En buena medida, resulta novedoso el señalamiento del director del Conep, Celso Juan Marranzinide que “el principal fisco de la República Dominicana es la estabilidad política con crecimiento crematístico y paz social”.
Aunque a diario se nos presentan indicadores de crecimiento y de nuestra posición harto competitiva frente a los demás países de la región, aparecen analistas reconocidos que advierten sobre riesgos y debilidades de nuestra pertenencias, y politiqueros respondones que ponen en duda la validez y confiabilidad de los informes de organismos internacionales.
Pero los hechos se imponen y aún la parentela parece entender y aceptar: Nuestra pertenencias crece, y que como destaca el director del conepaparece en medio de un concurrencia de paz social.
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Resulta de toda rectitud aceptar que tanto nuestros gobernantes como nuestros ciudadanos han venido manteniendo un bastante nivel de cordura respecto a los manejos de los asuntos públicos, sociales y personales. Sin quitarle méritos a factores como los aportes de nuestros migrantes, esos dominicanos que desde el extrañamiento envían puntualmente esos “money orders”. Y que cuando les queda holgura vienen a visitarnos en tiempos de Navidad.
Y es ostensible para cualquier extranjero: La cordialidad, la comportamiento desprejuiciada y la tesón de tantos criollos; en la agricultura, en la industria, el turismo y otras áreas. Y los esfuerzos de quienes han estado dirigiendo desde el Estado, el comercio y la industria el crecimiento del país.
Pese a tantas maniobras indelicadas, indecorosas y a menudo incomprensibles de nuestros políticos, hombres de negocios, entre nosotros hemos respetado el orden social, lo suficiente para que sea notado en nuestros países vecinos y nuestros visitantes.
Se manejo de un mérito extraordinario, especialmente en estos días, en que la difamación es arte y oficio tecnológicamente sofisticado y fuera de todo control. Dicen y desdicen del presidente como de cualquier funcionario, ciudadano o vecino.
Un equipo tan novedoso y divertido como perverso, que pese a todo no ha sido capaz de desestabilizar la pertenencias ni nuestro ordenamiento social.
Tal vez toda esta desinformación crea dudas y a la vez imposibilita al ciudadano respecto de su posibilidad de ordenar y viabilizar su reacción y se ve finalmente obligado a callarse y permanecer tranquilo, entre una indiferencia, una incapacidad y una paz que se le convierte en un valía en sí misma.
Un ciudadano que ha aprendido a adaptarse con comportamiento robusto a los conflictos sociales y políticos, a las imposiciones extrajeras; y a la corrupción, ya enfrentándola, ya adecuándose.
Sobre todo, es de obligada rectitud examinar que la materia prima del dominicano está sustanciada de coito y de perdón, y de la esperanza que a la enorme mayoría de los nuestros, y especialmente a nuestros jóvenes, les da una firme conexión entre un aquí y un “más allá”, y entre el coito y la esperanza que Cristo Jesús puso en nuestra Alma Doméstico, desde nuestra fundación, en 1844; y nuestra herencia cultural judeo-hispánico-cristiana, soporte frente a los padecimientos de cada día, y aún frente a los avatares que puedan traer los tiempos por venir.







