@abrilpenaabreu
El inicio de este 2026 dejó una secuencia que, allá de ser anecdótica, debería encender alarmas en el debate notorio dominicano. Mientras buena parte de la emplazamiento sociedad civil desapareció del espacio crítico —silenciosa, desdibujada y curiosamente abastraído— fueron las iglesias las que ocuparon el vano y asumieron, una vez más, la defensa discursiva de los intereses y preocupaciones de la mayoría.
Desde la Batalla de la Fé con el pastor Ezequiel Molina que abrió el año con un discurso duro, incómodo y anterior. Denunció corrupción, injusticia, desgobierno social, descomposición ordinario y la pérdida de referentes éticos. Señaló a jueces, fiscales, políticos y asimismo a una sociedad que se ha acostumbrado a homogeneizar lo inaceptable. Su mensaje, más allá de la retórica religiosa, fue una interpelación directa al Estado y a la conciencia colectiva.
En paralelo, la Iglesia Catolica Dominicana, desde un tono más institucional pero no por ello menos claro, inició el año con reclamos sorprendentemente similares: crisis de títulos, avería de la convivencia, impunidad, corrupción, violencia, fragilidad del tejido ordinario y partida de un cierto compromiso con el correctamente popular. Cambió la forma, no el fondo.
Y ahí está lo verdaderamente revelador: ambas iglesias —históricamente distantes en métodos y narrativas— arrancaron el año señalando prácticamente los mismos males, con excepción de que la Batalla de la Fe fue más explícita en el señalamiento de la corrupción individual, mientras la Iglesia Católica optó por un enfoque estructural y social.
Pero más mono aún es quiénes no hablaron, aquellas organizaciones que durante abriles monopolizaron el discurso ético, cívico y de fiscalización pública —la emplazamiento “sociedad civil”— hoy parecen mudas. No porque los problemas se hayan resuelto, sino porque el financiamiento foráneo que las sostenía, particularmente el de la USAID ya no fluye como ayer y aunque aquí la campaña política nunca para aún estamos allá de las elecciones. Sin fondos, se apagaron los pronunciamientos, las campañas, las ruedas de prensa y la indignación dizque colectiva que por lo trillado era positivamente selectiva.
El silencio no es neutro, cuando quienes se autoproclamaban guardianes de la ética pública callan, cualquiera ocupa ese espacio. Y hoy, ese sitio lo están retomando las iglesias, no por nostalgia ni por apetencia de poder, sino por una efectividad superficial: son de las pocas instituciones que aún tienen contacto directo, diario y orgánico con la parentela popular.
Esto no es un respaldo inevitable a todo lo que dicen ni una idealización del rol religioso en la vida pública. Es una constatación incómoda: cuando el Estado equivocación, cuando la sociedad civil se burocratiza o se mercantiliza, las iglesias vuelven a convertirse en caja de resonancia del malestar social.
Lo estrafalario —y preocupante— es que no estamos en presencia de discursos radicales ni extremos. Lo que dijeron al iniciar este año fue, esencialmente, lo que millones de dominicanos comentan en la calle: que la probidad no siempre es competición, que la corrupción continúa a pesar de los sometimientos, que la violencia se normaliza, que la grupo está bajo presión y en crisis y que el arreglo social se ha ido erosionando.
Pero tal vez la pregunta no sea por qué las iglesias volvieron a murmurar, sino por qué tantos otros dejaron de hacerlo. Porque cuando la crítica social depende de cheques y no de convicciones, el silencio termina siendo tan locuaz como el sermón más encendido.
Y este 2026 comenzó con una paradoja clara: en un país oficialmente laico, fueron las iglesias las que asumieron el rol que otros abandonaron. No para imponer dogmas, sino para recapacitar poco primordial: que presidir, decretar y mandar asimismo tiene una dimensión ético, aunque a muchos les incomode escucharlo.







