Por: Luisana Lora Perelló
San Francisco de Macorís vuelve a sacudir la conciencia franquista. No por un hecho eventual, sino por una tragedia que desnuda fallas profundas, acumuladas y peligrosamente normalizadas.
Aneisy Ceballos de Jesús tenía 14 abriles. Era una pupila. Sin requisa, estaba en una relación de convivencia con un hombre de 20 abriles. Desde ahí, todo estaba mal. Ningún examen serio de este caso puede comenzar posteriormente de los disparos sin detenerse primero en esa existencia: una beocio involucrada en una relación desigual, tolerada por su entorno y desprotegida por el sistema.
La adolescente murió tras tomar cuatro impactos de bala. En el mismo hecho resultó herido Enmanuel Núñez Batista, quien permanece ingresado recibiendo atenciones médicas. La presunta autora del crimen fue su propia hermana, Ankelsy Valerio de Jesús, quien ya se entregó a las autoridades. Según su refrendo, su intención era contraponer al hombre que presuntamente maltrataba físicamente a su hermana. En medio del forcejeo, Aneisy se interpuso y recibió la mayoría de los disparos.
Que quede claro: este examen no examen argumentar ningún acto violento. Una vida fue arrebatada y otra mozo tendrá que cargar con el peso irreversible de esa energía. Pero el periodismo responsable no se queda en el titular policial; escarba, incomoda y pregunta lo que muchos prefieren callar.
¿Quién permitió que una pupila de 13 o 14 abriles viviera como pareja de un adulto?
¿Bajo qué criterios se normalizó esa relación?
¿Dónde estaban los mecanismos de protección que establece la Ley 136-03, que obliga al Estado, la comunidad y la comunidad a garantizar a niños y adolescentes de cualquier forma de injusticia o incumplimiento?
Aquí emerge un punto esencia: la violencia no nace de la nulo; se aprende, se hereda y se reproduce cuando el entorno la valida y el Estado no actúa a tiempo. Cuando las instituciones no protegen, determinado equivocadamente cree que debe hacerlo por su cuenta. Y ese camino casi siempre termina en tragedia.
Este caso remueve una herida que San Francisco de Macorís no ha acabado cerrar. Es irrealizable no recapacitar a Emely Peguero, la adolescente en estado de buena esperanza asesinada por su pareja. Mismo municipio, mismo patrón: una beocio envuelta en una relación desigual, señales de alerta ignoradas y una reacción institucional que llegó demasiado tarde. Cambian los nombres, cambian las circunstancias inmediatas, pero la raíz es la misma.
No fue un arrebato.
No fue un hecho fortuito.
Fueel desenlace de múltiples omisiones.
Hoy, una matriz enfrenta el dolor más cruel: una hija muerta y otra camino a prisión. Dos vidas truncadas interiormente de la misma comunidad, producto de una sujeción de irresponsabilidades que comenzó mucho antaño de que se apretara un percutor.
Como sociedad, seguimos indignándonos posteriormente, pero tolerando antaño. Seguimos llamando “acto sexual” a lo que muchas veces es injusticia, y “problema emparentado” a lo que exige intervención urgente del Estado.
La pregunta de fondo no es solo quién disparó.
La pregunta verdaderamente incómoda es: ¿por qué seguimos llegando tarde?
¿Y cuántas niñas más tendrán que expirar para que dejemos de homogeneizar lo que nunca debió ser aceptable?
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