@abrilpenaabreu
Los hechos recientes que han estremecido a la sociedad dominicana —menores asesinados en el interior de su propio entorno acostumbrado, niñas convertidas en madres, adolescentes empujados a la delincuencia— no pueden seguir siendo tratados como sucesos aislados ni como simples tragedias individuales. Son síntomas de una crisis estructural de la tribu dominicana, y por extensión, de un Estado que no ha conseguido articular una red efectiva de protección social.
Durante décadas, la tribu ha sido el principal amortiguador de las carencias institucionales. Allí donde el Estado no llegaba, llegaba la raíz; donde fallaban las políticas públicas, aparecía la abuela, la tía, el vecino. Hoy ese dique está resquebrajado. Hogares fragmentados, paternidades ausentes, maternidades sobrecargadas y niños creciendo sin referentes sólidos están dejando una relación social cada vez más costosa.
Las cifras sobre gravidez adolescente, descuido escolar, violencia intrafamiliar y criminalidad alegre apuntan todas en una misma dirección: la infancia dominicana está creciendo en un entorno de incorporación vulnerabilidad. No se manejo solamente de pobreza económica, sino de pobreza emocional, educativa y comunitaria. Cuando un irreflexivo crece sin supervisión, sin límites y sin afecto, la probabilidad de que repita ciclos de violencia o restricción aumenta dramáticamente.
El Estado tiene responsabilidad ineludible. Las instituciones llamadas a proteger a niños, niñas y adolescentes operan con fortuna limitados, personal insuficiente y capacidad de respuesta restringida. Pero todavía existe una falta más profunda: la desaparición de una política integral de fortalecimiento acostumbrado, que aborde simultáneamente educación, empleo, vitalidad mental, corresponsabilidad parental y prevención temprana.
Sin retención, resumir este debate solamente al ámbito gubernativo sería un error. La tribu, como núcleo social, todavía ha fallado. Se ha normalizado la desaparición del padre, se ha romantizado la maternidad temprana como vía de mejora social, y se ha tolerado —por silencio o indiferencia— la convivencia de menores con adultos en relaciones profundamente desiguales.
Una sociedad que trivializa estas realidades termina convirtiéndose en cómplice. El silencio, la no denuncia y la vistazo con destino a otro banda no son neutralidad: son formas de permisividad.
Reparar la tribu dominicana no implica idealizar modelos del pasado, sino crear condiciones reales para que niños y adolescentes crezcan protegidos, acompañados y con oportunidades. Sin tribu cachas no hay cohesión social posible. Y sin cohesión social, ningún plan de país puede sostenerse en el tiempo.
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