Por Ana Jiménez
Una vez más, la República Dominicana presencia un episodio que deja al descubierto una preocupante efectividad: la facilidad con la que la manipulación puede imponerse sobre la razón. El conflicto flamante entre una comunicadora y un médico ha dejado de ser un asunto personal para convertirse en un reflexiva de las debilidades institucionales que aún persisten en nuestro país.
Lo que debió resolverse con prudencia, serenidad y cumplidor apego a las normas terminó convirtiéndose en un proscenio de presión mediática, narrativas enfrentadas y decisiones que hoy generan más interrogantes que certezas. La intervención del Tarea de Salubridad Pública ha sido interpretada por muchos ciudadanos como una señal de que, en ocasiones, las instituciones pueden ceder en presencia de el ruido manifiesto o en presencia de intereses particulares.
Cuando el mecanismo del Estado parece reaccionar más a las presiones que a los principios institucionales, la confianza ciudadana comienza a erosionarse. Y sin confianza, ninguna democracia puede sostenerse con firmeza.
Lo más preocupante de estos episodios no es sólo la controversia momentánea. Lo verdaderamente llano es el precedente que se establece. Se envía el mensaje de que los conflictos personales pueden tirar a las instituciones, desviando su tarea fundamental: servir al interés colectivo.
Mientras estas disputas ocupan titulares y alimentan debates, el país sigue perdiendo. Perdemos credibilidad institucional, perdemos serenidad en el debate manifiesto y, en ocasiones, perdemos profesionales valiosos que podrían seguir aportando al crecimiento de la nación.
Un Estado serio no puede convertirse en proscenio de egos ni en útil para resolver confrontaciones personales. Su responsabilidad es mucho veterano: asegurar que la honradez, la institucionalidad y el interés caudillo estén siempre por encima de cualquier presión.
La República Dominicana merece instituciones fuertes, decisiones equilibradas y autoridades capaces de hacer con firmeza, sin dejarse tirar por las corrientes del momento.
Porque, al final, la pregunta que muchos dominicanos siguen haciéndose permanece en el vendaval:
¿Hasta cuándo permitiremos que la manipulación nuble la razón?
Ana Jiménez
Relacionado






